Te invitamos a ver la entrevista de nuestro Asdrúbal Hernández junto a Javier Gómez @JavierEGomez1 en el programa Dialogo Abierto de @BronxnetTV canal 69.
http://www.bronxnet.org/tv/dialogo/viewvideo/4454/qdialogo-abiertoq/dialogo-abierto–aug-6-2014
Te invitamos a ver la entrevista de nuestro Asdrúbal Hernández junto a Javier Gómez @JavierEGomez1 en el programa Dialogo Abierto de @BronxnetTV canal 69.
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NEW YORK
Evento: Presentación del libro La apertura cubana de Alexis Romay. Presentador: Jorge I. Domínguez.
Fecha: viernes 29 de agosto de 2014
Hora: 6:30 pm
Lugar: Libreria Barco de papel – 4003 80th Ave. Elmhurst, NY 11373
https://www.facebook.com/events/300282870153990/?ref_dashboard_filter=upcoming
MIAMI
Evento: Presentación del libro Métodos de la lluvia de Leonardo Padrón.
Fecha: viernes 09 de septiembre de 2014
Hora: 8 pm
Lugar: Books and books – 265 Aragon Ave, Coral Gables, FL
https://www.facebook.com/events/363746933789668/?ref_dashboard_filter=upcoming
Evento: Presentación del libro Tempestades solares de Grettel J. Singer.
Presentador: Manny López
Fecha: viernes 09 de septiembre de 2014
Hora: 6:30 pm
Lugar: Books and books – 265 Aragon Ave, Coral Gables, FL
https://www.facebook.com/events/732337503470065/?ref_dashboard_filter=upcoming
Evento: Presentación del libro Enrisco para presidente de Enrique Del Risco.
Presentador: Ramón Fernández – Larrea
Fecha: viernes 09 de septiembre de 2014
Hora: 6:30 pm
Lugar: Books and books – 265 Aragon Ave, Coral Gables, FL
https://www.facebook.com/events/503083203169198/?ref_dashboard_filter=upcoming
Palabras de Julio Tupac Cabello sobre Métodos de la lluvia de Leonardo Padrón, en su presentación en la librería Books & Books de Coral Gables.
No por casualidad, en uno de los primeros textos de Métodos de la Lluvia, Leonardo evoca a Symborska. Justamente con un poema llamado Frontera, y que discurre, como el agua misma, sobre los falsos límites, los vientos y la indomable libertad del espíritu.
“No hay tierra prohibida para la ruta de las nubes”.
Wislawa Symborska era una poeta polaca que vivió de la fuga, e hizo de ella un viaje de libertad. Y en estos tiempos en los que la venezolanidad ha sido tan cruelmente invitada a abandonar sus nidos, los más recientes poemas de Leonardo descubren que hay en esa excecración -para paradoja de los esbirros- también un viaje, no sólo al dolor y a la soledad, sino a la inacabada universalidad del espíritu.
El Leonardo Padrón de Métodos de la lluvia es el mismo de siempre y es a la vez uno distinto. Sigue siendo ese lírico declarante del amor y el enamoramiento. Ese cultor de la soberbia belleza de la mujer.
“Has llegado tan impuntualmente a mi vida, que he decidido corregir todos los relojes hacia tu posibilidad”.
Ese suspiro permanente que se asombra ante las emociones, como quien ve caer y detallar gota a gota el agua sobre la ventana.
Pero ahora otro poeta se hace prominente. Hay cierta temperatura decantada en sus últimos versos. Un tempo pausado y sin estridencias, que dice sin inseguridad versos riesgosos y abarcadores, con esa sabiduría que tan solo da el tiempo; que no se molesta en divergir, en polemizar ni en pontificar, porque si hay algo que dan los años es la aceptación de los misterios.
“El tiempo es una cena que no termina, un señor que no te quita la mirada”.
Las canas de Leonardo, para bien y para mal, han dejado de ser un guiño pícaro que simbolizaba su precocidad. Nos han quedado de esos tiempos los poemarios Balada o Boulevard, preciados y atesorados versos como canciones en antología, que proponían liras o estructuradas posturas artísticas, puntos de vista plantados, como bien le corresponde a un fundador del grupo Guaire.
En Métodos de la lluvia estamos en presencia de un poeta que se asume con una universalidad inesperada. Da un paso adelante y dice, se sale de los bordes, se ejerce, deja de cantarle a los suyos, y nos canta a todos.
En la crónica y en la telenovela, Leonardo exploró con abundancia y placidez su conocimiento sobre lo que de la poesía puede hacernos ver a muchos el mundo distinto. Quién puede olvidar que sus protagonistas olían a durazno, eran fotógrafos o llevaban su más ruda y accidentada femineidad pese a las circunstancias.
A la par, Leonardo seguía escribiendo frente a su hoja en blanco la poesía de la que habita sólo en su interior y tantos por tanto admiramos.
Recientemente, llegó otro reto. Asumir con absoluta frontalidad el ejercicio intelectual de la política. La toma de posiciones. La reflexión sesuda de lo publico.
Y como si todo se conjugara, en Métodos de la lluvia, aquella encantadora intimidad de la que hacían alarde sus versos en otra etapa, la poesía se ha vuelto universal. Su intimidad nos habla de la intimidad de todos, hispanoparlantes, venezolanos, suecos o eslavos.
“Ese ojo profundo que se asoma en la palabra nunca”.
Hay en los versos de esta obra una motivación menos apasionada. Un poeta que habla tercamente sentado desde la acera que le corresponde. Tranquilo con su acera y con las palabras que le tocan. La seducción ya no juega primero. Sino que la protagoniza en yuxtapuesto el espíritu hecho vocablo.
“Somos lo que prohibimos, y también lo que anhelamos ser”.
Un amigo me dijo una vez en una fiesta, escuchando a un malhablado criticar a Leonardo por escribir telenovelas, que en el fondo, todos queríamos ser Leonardo Padrón.
Es un intelectual que lleva la densidad de la academia con una inaudita ligereza caribeña. El conocimiento en él no es polvo sino risa. Encima, es un enamorado sempiterno, que ama en público y declara sus historias con indecoro.
Quién no quisiera serlo. Pero a pesar de su extensa colección de imposibles entrevistados, es él el imposible.
Métodos de la lluvia es una obra acabada. Me atrevería a decir añosa, pues hay en ella una mirada que toma muchos kilómetros y vivencias para proferir, con tanta sencillez, tanta esencia.
Si yo fuse uno de ustedes, no solo la leería, sino que la dejaría descansar, para volver a ella varias veces. Hay en estos poemas más de un perfil, más de un ángulo, más de un peldaño de profundidad. Y no todos pueden percibirse en el primer fulgor de su lectura.
Los dejo con esta joya de la física, que pasa de líquido a gaseoso, y que siempre vuelve con la lluvia.
Gracias
Miami, martes 9 de septiembre de 2014
JULIO TUPAC CABELLO reside en Miami desde hace 13 años, cuando vino transitoriamente y sin saber que le sería cuesta arriba regresar. Ha visto crecer esta ciudad y llenarse de sus compatriotas, y ha disfrutado a distancia del maravilloso fenómeno editorial que se ha fraguada en Venezuela.: mientras la realidad se hunde, los escritores la salvan. Periodista y creativo, Julio Tupac no hace sino escribir: para ganarse la vida y como vicio. Fundador de Tal Cual, ganador de un premio Emmy, egresado de la UCV y de la Universidad de Bristol, Inglaterra, actualmente se desempeña como Director Creativo de Telemundo Networks. En el año 2012 publicó on line la novela breve La casa del suizo, y en 2013 el poeamrio Imágenes del abandono, con la editorial El Pez soluble. En la actualidad trabaja en su próxima obra y publica en el blog Metamorfosis, de El Universal.com
Según pasan los años, un juego de ecos y resonancias.
Por Montague Kobbé
Leía la más reciente colección de cuentos de Israel Centeno, Según pasan los años (Sudaquia, 2012), y de repente pensé que me encontraba en una feria o circo de provincia en un tiempo remoto. Remoto no precisamente porque los relatos en cuestión transporten al lector a otra época —aunque eso también—, sino porque los artificios narrativos de mayor efecto en este compendio son tradicionales, conocidos, recurrentes y, sin embargo, plenamente efectivos.
A caballo entre una sala de espejos retorcidos y un simulador de Volver al futuro, Centeno enfrenta al lector con una serie de anécdotas —diez espejos/relatos, para ser precisos, que forman un decágono simétrico a la vez que desconcertante— entretenidas las más, lujuriosas unas cuantas, delirantes otro par, que se filtran con facilidad, como un buen whiskey, en la conciencia de quien las lee.
Un buen whiskey, pero no uno monumental: uno que a la mañana siguiente desaparece sin dejar rastro, ni resaca. Porque en su mayoría, las narraciones que componen, individualmente, Según pasan los años, son curiosidades, souvenirs de feria u objetos de mercado de segunda mano, más que reliquias de anticuarios. Eso con la excepción, quizás, de “La expedición de los muñecos”, un cuento de lo más largos de la colección que también reúne las principales virtudes del volumen: concisión, desde luego; contundencia verbal (delicias como “la gente se pierde y da vueltas sobre sus huellas y si encuentra el lugar que busca, de alguna manera lo vuelve a perder, es como la vida”); humor, también; pero sobre todo una interacción entre diversos planos temporales que se entrelazan coherentemente para producir una realidad más onírica que mágica.
La secuencia de “La expedición de los muñecos”, “La casa verde” y “El último viaje del Begoña” constituye el núcleo creativo de Según pasan los años y recogen la esencia de lo que Centeno tiene que decir. “La casa verde” rinde tributo a Vargas Llosa, por supuesto, pero también a Cavafis (uno de sus versos sirve de epígrafe al cuento), y sobre todo a la propia colección, pues aquí comienzan las referencias a sí mismo, al propio libro que se lee, en un vuelco literario que, como un buen aroma, le da redondez a la colección y estimula la curiosidad del lector.
Y es que es en el tratamiento de Según pasan los años como un todo integral donde reside el principal mérito de Centeno. Porque sus personajes —algunos extranjeros, la mayoría plenamente criollos— esbozan a través de sus experiencias realidades complementarias que por separado tienen un cariz caricaturesco o acaso fantasioso —como una película de Robert Rodriguez.
Un mosaico: eso es lo que las más destacables colecciones de relatos construyen. El mosaico que pieza a pieza arma Centeno es uno que sirve de puente entre la cuarta y la quinta república, resaltando los hitos que entre ambas han marcado la vida de todos los venezolanos. En este sentido, el punto de partida de Según pasan los años es el que para la generación nacida entre 1960 y 1980 representa, acaso, el punto de inflexión, el momento en que la Historia irrumpió definitiva y desconsoladoramente en su cotidianidad: 1992 (aunque Centeno usa el 27 de noviembre como punto clave, no el 4 de febrero). Los aviones de la Fuerza Aérea venezolana rompiendo la barrera de sonido sobre la ciudad de Caracas sirve como una metáfora que envuelve a la colección en violencia y que encuentra su eco final en una referencia (oscura, como el episodio) al escape novelesco de Francisco Visconti, uno de los líderes de aquella intentona, a Perú, junto a sus hombres en un Hércules de la aviación.
Pero si este es el punto álgido de la historia en la que nos interna Centeno, el juego de ecos y alusiones va a transitar por una ancha franja de referencias que van desde el pasado desabrido de una guerrilla que en Venezuela se vio derrotada por su propio peso (a más tardar después de la legalización del PCV en 1968), pasando por el reciclaje del activista revolucionario en comandante de pandillas urbanas y, en última instancia, en representante armado del gobierno, hasta llegar a los deslaves del litoral central de 1999 y a la violencia desmedida (Robert–Rodriguezca) de la Venezuela contemporánea.
Según pasan los años es un libro de guerras perdidas, de asilos, escapes y reinvenciones fracasadas, de excesos sexuales y adicciones que no llegan a servir de elixir, de representaciones fantasmagóricas que se reflejan, trastocadas, en los espejos cóncavos y convexos de un volumen desesperanzador pero entretenido que pide insistentemente ser leído. Allá del que no escuche.
Montague Kobbé es un ciudadano alemán con nombre shakesperiano, nacido en Caracas, en un país que ya no existe, en un milenio que ya pasó.
Estudioso de la lengua, de todas las lenguas, busca sin conseguirlo combatir el anonimato y la inanición con el timo escrito y la quiromancia por armas predilectas. Su primera novela,The Night of the Rambler (Akashic: NYC, 2013), consiguió una mención del Premio Casa de las Américas 2014 y su colección bilingüe de micro relatos, Historias de camas y aeropuertos(DogHorn: UK, 2014), reúne 50 cuentos en castellano e inglés.
Enamorado del humo y los espejos, pasa sus días ideando artimañas para encantar morenas y serpientes que a menudo publica en su columna quincenal en The Daily Herald de Sint Maarten, en su bitácora futbolera en el portal español fronterad.com o en una que otra publicación del Caribe o las Américas.
La mayor parte de estos periplos encuentran cabida poco tiempo más tarde bajo los cuatro palos que sostienen el circo de su blog personal, MEMO FROM LA-LA LAND.
http://mtmkobbe.blogspot.com
Gana el escritor israelí Amos Oz el Premio Franz Kafka 2013
Le será entregado en una ceremonia a realizarse en Praga a finales de octubre.
AFP
Publicado: 27/05/2013 12:16
El premio literario Franz Kafka para el año 2013 fue atribuido por un jurado internacional a Amos Oz, el escritor israelí más conocido en el mundo, autor de una obra traducida a unos 30 idiomas, se anunció el lunes en Praga.
El premio, dotado con 10 mil dólares, será entregado a Amos Oz durante una ceremonia organizada en la alcaldía de Praga a fines de octubre, con motivo de la fiesta nacional de la República Checa, precisó la Sociedad Franz Kafka en un comunicado.
Nacido el 4 de mayo de 1939 en Jerusalén en una familia de origen ruso y polaco, Amos Oz cambió su apellido en 1954. De Klausner pasó a llamarse Oz, palabra hebrea que significa “fuerza, coraje”.
Entre sus obras más conocidas figuran Quizás en otra parte (1966), Mi querido Mijael (1968), Tocar el agua, tocar el viento (1973), Un descanso verdadero (1982), Las mujeres de Yoel (1985) , La caja negra (1987),Conocer a una mujer (1989), No digas noche (1994), Una pantera en el sótano (1995), De repente en lo profundo del bosque (2005). Y su autobiografía Una historia de amor y oscuridad, reconocida como una obra maestra de la literatura mundial.
Ganador del prestigioso premio Goethe 2005 en Alemania, Amos Oz también ganó en 2007 el premio Príncipe de Asturias.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/gana-el-escritor-israeli-amos-oz-el-premio-franz-kafka-2013-1
Dicen que antes de morir la mente humana repasa eventos esenciales, como en una película a velocidad suprema.
Más aún, dicen que quien se aproxima a la muerte ve un desfile de imágenes que representan el compendio de toda su vida.
El inquilino, la novela del escritor colombiano Guido Tamayo, es, de alguna manera, ese repaso final. Pulcramente escrito en una narración con vuelo poético, fragmentado en bloques de memoria y presente, de forma circular. Una historia que comienza y termina en tiempo presente, como certeza del único acto ineludible: la muerte.
Es el viaje por las distintas estaciones de la derrota de un hombre, Manuel de Narváez, el protagonista, escritor colombiano condenado a escribir, en su tránsito hacia la muerte, la estación final que se sitúa, a la postre, en el camino entre la sala y la cocina de su departamento.
Más aún, la historia comienza minutos previos a su muerte y desde allí se desgrana, circularmente, como las capas de una cebolla amarga, en personas y pasajes, para llegar al fondo de su derrota definitiva.
Un colombiano escritor que escribe frenéticamente un libro. Que batalla con las teclas de una máquina de escribir. Con el tiempo en contra y la pobreza a favor. En el mar de las adicciones, en las aguas del alcohol, se sumergen todas las palabras. De allí emergen también todas las palabras.
El hombre, Manuel, es un cuerpo abandonado, un desasosiego sin fin, un desamor que deambula, una tos insidiosa, una ternura repentina, un trago interminable.
Manuel es el espejo de todas sus mujeres: una madre muerta, una prostituta adicta, una dama francesa que le cree pero que a quien nunca vio, una ciudad –Barcelona de España- . Y este enfermo terminal, recorre en su rutina diaria, el mapa de estas historias personales. Una bitácora signada por bares y botiquines, bebidas y cigarros, y sexo a destajo, a lo ancho de una ciudad imposible: La Barcelona Condal.
En este relato no sobran ni faltan palabras: es un bordado de frases y párrafos y palabras que nos trasporta, por momentos, a la belleza de la poesía.
El exilio, la soledad, el desamor, y el fracaso, habitan esta novela en un solo recuento que es difícil dejar de leer, porque resume todos nuestros miedos. Porque cada lector se sentirá como un inquilino posible en el territorio de los fracasos. Porque socava en cada página. Porque son retazos de resaca. La vida en sus descalabros y sus deleites.
Pero no diré qué libro escribe Manuel de Narváez. No diré si lo termina. Sólo diré que vale la pena leer esta novela para comprender lo afortunados que somos.
Sonia Chocrón (n. Caracas; 1961) es una poeta, narradora y guionista de cine y televisión.
Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. En 1982 ingresa al Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). En 1988 participa -por concurso- en el Taller “El Argumento de Ficción” de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños,Cuba. De allí, viaja a México invitada por el Premio Nóbel para fundar el Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez. Su trabajo literario, así como sus guiones para cine y televisión, le han merecido diversos premios y reconocimientos a nivel local e internacional. Ha publicado:
En una Venezuela donde la palabra objetividad se ha ido diluyendo hasta desaparecer detrás de odios, rabias e intolerancias que han destruido amistades y familias, el libro de Albinson Linares “El último rostro de Chávez” asume un valor muy especial.
Con un trabajo periodístico acucioso y serio, sin dejarse llevar por sus propios sentimientos, imposibles de descifrar a través de las páginas de su libro, Linares nos muestra las múltiples facetas del mito Chávez que han logrado sobrevivir a su muerte.
La personalidad de una figura tan controversial surge de los recuerdos de amigos, docentes, militares, familiares que lo conocieron en las distintas etapas de su vida. Vamos ahondando en sus sueños, descubrimos su terquedad, su innato liderazgo y su ambición desmedida. La autoestima sin fisuras y la convicción absoluta de ser poseedor de la verdad, le han permitido salir adelante aún en las situaciones más difíciles y arrastrar detrás suyo a un pueblo hechizado.
“Hugo Chávez emerge en el correlato colectivo venezolano como un trasunto de la Scherezade oriental que encantaba con larguísimos relatos a ese rey impaciente que muchas veces puede ser el pueblo.” Escribe Linares quien entrevista a analistas, sociólogos, historiadores de distintas ideas políticas, para ir construyendo la “verdadera historia” de un Presidente que ha logrado transformarse en un mito. Como dice la estudiosa Márgaret López Maya, Chávez ejerció una dominación carismática que se basa en la creación de vínculos de tipo emocional. “A la gente no le importa que se viole la ley, no le importa que las reglas del juego no estén claras, ni les interesa la corrupción… pueden pasar trabajo y seguir votando.” Esa fue la gran fuerza de Hugo Chávez y sobre esa herencia siguen apoyándose el Presidente Maduro y el equipo actual de gobierno. Pero ese líder carismático también es odiado con igual fuerza por la otra mitad del país. Odios y amores tan intensos que resulta casi imposible buscar un punto intermedio en un clima tan conflictivo.
Las protestas estudiantiles tratan de ser una respuesta racional a la irracionalidad del mito. Los problemas que motivan esas movilizaciones son problemas que afligen a todos por igual. Y sin embargo no logran crear fisuras evidentes en el amor absoluto que aún rodea al líder venezolano.
El trabajo de Linares nos permite reflexionar sobre las razones profundas que han permitido que Chávez se transformara en un dios para una parte importante de la población y en el diablo para la otra.
Quizá, como dice el autor, muchos venezolanos tengamos más en común con Hugo Chávez de lo que nos gusta admitir. Entender eso ayudaría a justificar amores y odios, pero sobre todo nos permitiría evitar, en el futuro, que nuestras vidas queden en las manos de un solo hombre, por más carismático que sea.
Hubo un tiempo, por allá en los años sesentas, en que las mejores inteligencias literarias de América Latina querían diseccionar su mundo para inventar uno nuevo. Las historias eran totales y complejas y las anécdotas se apoderaban de mentes virtuosas y perversas, ricas y pobres, dominantes y oprimidas. Esa generación de escritores pasó a la historia por medio de una onomatopeya oclusiva, boom, que sugería que, después de un buen golpe de frustración social, la inequidad y la exclusión debían enlazar con un desenlace cercano a la igualdad y a la justicia. La literatura era para ellos un compromiso atlético que no escatimaba en personajes, en entradas y salidas, en intercalación de diálogos y voces, en superposición de planos narrativos, en estructuras de columnas y vasos comunicantes cuyo propósito era mostrar que la realidad que el lector asumía como natural en realidad no lo era. «Todo lo que vives es un montaje en el que se verifica que el hombre es un lobo para el hombre, una tramoya de arrogancias y prejuicios, de caminos abiertos para pocos y tapiados para la mayoría», parecían decir estos escritores que, por ambiciosos, cosecharon dos premios Nobel, dejaron en miles de páginas sus mejores entusiasmos y también la prueba viva de sus más profundos desencantos.
Muchos se distrajeron de sus idealismos de izquierda; quienes los conservaron hasta el final, los vivieron con el desprendimiento de una celebridad que siempre resultó imponderable tanto para comencandelas revolucionarios como para conservadores encopetados. Lo que se llama vivir más allá del bien y del mal, un rascacielos rodeado por la pequeñez de seres humanos abrumados por las pretensiones de sus élites, arrinconados por sus emociones, sus ínfimos placeres y sus ínfimos dolores.
Concluido el ciclo del boom, la vida latinoamericana siguió su curso dentro de la inercia de su inequidad. El súper-yo del escritor «macho» identificado por el Cortázar de Rayuela se desmenuzó en voces modestas e intimistas replegadas en historias ubicadas en el país de una subjetividad que gravitaba en la ciudad, un lugar que, más que ser prueba de razón y lucidez, era el escenario del aturdimiento. Seres distraídos de su propia historia, arrastrados por procesos incomprendidos, por la vida al margen o por el compromiso forzoso ante la mecánica ubicua de la economía de mercado. Gente que zozobraba o flotaba, con más o menos suerte, cuya faceta más lírica era producto de su falta de proyecto y de voluntad.
Y pensar que los esfuerzos titánicos del boom se iban a tropezar con esto.
A ese país de alienados pertenecen plumas que, después, se consagraron como nombres ineludibles o como nuevos monstruos inalcanzables: la misantropía de Vallejo, el intelectualismo cosmopolita de Volpi, el fuego metafórico de Piglia, la épica excursión hacia cualquier parte de Bolaño…
Juan Pablo Roncone nació en Arica, Chile, en 1982, se formó como abogado en Santiago y llegó a la literatura arrastrado por esta última marea. La resaca lo acerca a su coterráneo, Alberto Fuguet, cuyo talento traspasó una frivolidad masmediática y de clase media que se encogía de hombros ante los mundos inconmensurables de los escritores venerables de generaciones anteriores. En el caso de la literatura de Roncone, lo que seduce, justamente, es su aparente falta de pretensiones: de parecer ocurrente, de parecer al tanto, de administrar el tedio y la sorpresa con técnica de contorsionista literario. La prosa de su celebrado libro de relatos, Hermano ciervo (Premio Municipal de Literatura de Santiago de Chile, que se añade al Premio a la Creación Literaria Joven Roberto Bolaño por su novela inédita Los días finales) es, sí, minimalista, telegráfica, pero no afilada ni rotunda. Allí donde el Raymond Carver obsesionado con la forma de Chejov (o el editor Gordon Lish, con ganas de fundar un nuevo segmento literario) quería ser terminante y cruel, Roncone es tímido, fatalista, presa de una larga melancolía que, más que querer descargar su rabia sobre el lector, le recomienda decantarse por la filosofía del Mr. Vertigo de Paul Auster: desvanecerse hasta desaparecer.
Hermano ciervo es el ejercicio literario de un alma nutrida por la cultura global e inspirada por la bruma y el salitre del litoral chileno: su banda sonora alterna los repertorios Jimi Hendrix , The Pixies, Sonic Youth, Joy Division, que, explícita o implícitamente, cubren las 123 páginas del volumen. Si alguien me pidiera una analogía musical para describir sus cuentos, diría que todos discurren en baja frecuencia, suspendidos en esa quieta desesperación a la que aludiera el Roger Waters de El lado oscuro de la luna y en cadencia de acordes menores renuentes a dejar pasar la luz al final de túnel.
Los cuentos tienen los pies muy bien puestos sobre sus arenas movedizas: un chico virgen, sin desesperación por dejar de serlo, que tiene sexo con la novia de su mejor amigo en el baño de una cabaña durante unas vacaciones. De regreso a casa en auto, el grupo arrolla y mata al único canguro sobreviviente del accidente sufrido por un avión de carga que transportaba cinco de estos animales; un joven que se inventa la historia de un hijo ahogado en una piscina sólo para participar en una sesión espiritista; un peluquero decidido a vengarse de la persona que atropelló y mató a su hijo en un accidente de tránsito y que, llegado el momento de actuar, se corta en el abdomen con el cuchillo destinado a consumar la venganza; un muchacho abandonado por su padre, a punto de morir, quien un día se arma de valor para ir a verlo y se limita a intimar con su cuidadora y su hijo, a extrañarse de la conducta de los gansos que la mujer cría, mientras le da largas a un encuentro que nunca enfrenta y se lamenta de que su novia esté embarazada; un estudiante de leyes que una noche, borracho, pierde el control de un auto, tiene un accidente en el que fallece un amigo, manipula la escena del siniestro para que la policía no lo culpe y, más tarde, para aliviar sus remordimientos, visita a la madre del finado; dos amigos que, armados de una escopeta, emprenden un viaje a una casa de campo en la que, antes de suicidarse, el padre de uno de ellos se dedicaba a cazar patos; el chico que reconoce en la morgue el cuerpo de su hermano, homosexual y ausente, a quien compara con la figura enigmática de un ciervo herido; y el padre de una niña apenas fallecida, quien, luego de perder también a su primera esposa y sin trabajo, se encomienda a la voluntad de su próxima pareja, se inventa una vida de escritor y, en una playa, conversa con un médico solo y alcoholizado, quizás más hundido que él.
Este último es tal vez el único consuelo que ofrece Hermano ciervo. Porque, como después de escuchar una canción del disco Pornography de The Cure, los ánimos nunca salen boyantes tras la lectura de uno de estos relatos. Sus seres están rotos o, en el mejor de los casos, seriamente desportillados, aunque todos se rehúsen a asumir la realidad de su quiebre. La prosa de Roncone –breve, diáfana, descriptiva, desnuda de digresiones- se despliega en enumeraciones que suelen perder altura según la trayectoria emocional de sus personajes: todos en barrena, una precipitación para la que el autor ha inventado un lenguaje que va de poco a casi nada, una expresión para restituir las fases del vacío.
Sin ánimos de ser exhaustivo, las historias pueden presentarse en fases fragmentarias y contrastantes:
«17. No soy coqueta, me dijo una vez Amparo en su apartamento.
18. Acelero. Casi no hay autos, y tanto a la derecha como a la izquierda de la carretera las ramas de los árboles parecen estáticas e irreales, consumiéndose bajo el sol abrasador. Bebo cerveza y cada cierto tiempo le veo las piernas a Amparo. Este vestidito rosado es lindo.
19. Sí lo eres, le dije, eres muy coqueta. No, dijo ella, y apoyó los pies desnudos sobre el televisor. Coqueta es la mina que coquetea. Yo no. Yo no hago esfuerzos por ser así. Yo soy así porque sí».
En adelantos de momentos culminantes a los que se resta toda consecuencia:
«Cerca de una esquina un perro ladró al viento.
Dentro del auto: olor a vómito y cerveza.
Mi peluquero estacionó frente a la casa y bajó.
Lo vi caminar por la vereda hasta llegar a la reja que protegía el jardín.
Distinguí la forma del cuchillo dentro del bolsillo de su pantalón.
La casa era pequeña; las luces estaban apagadas.
El viento silbó entre los árboles».
En relámpagos reflexivos sobre las motivaciones de la literatura:
«Cuando conocí a Raimundo en la universidad no me obsesionaban las historias como ahora. Las historias y las génesis de las historias, que suelen ser las mentiras».
En reportes de la tragedia familiar con ojo de experto forense:
«Horas después de la autopsia decidimos vestirlo. Los asistentes de la funeraria nos habían dicho que podían hacerlo ellos o nosotros: «Los parientes eligen».
Recorrimos un pasillo frío y vacío. El olor a cera era fuertísimo. Nunca había estado en la morgue. El auxiliar paramédico abrió la puerta. Felipe fue el primero en entrar. Mamá llevaba la ropa dentro de una bolsa. Ésta era su tienda favorita, dijo apenas, minutos antes de llegar. Ella no había visto el cadáver. Felipe y el auxiliar intentaron doblarlo. Mamá sacó la camisa, los pantalones y una chaqueta. Fue la primera vez que la vi llorar por Antonio».
O en desenlaces que operan como una atomización de vidas desde hace tiempo desmoronadas en la parálisis de un dolor transformado en resignación y en tiempo perdido.
«Me senté en uno de los últimos asientos. Pegué la cabeza al vidrio húmedo de la ventana. Observé las calles y el tráfico: aún había movimiento en la ciudad. El centro no dormía.
Vi las personas ir y venir, y en las caras de todos ellos me pareció haber visto algo de mi hermano: una mirada, una expresión, un gesto de alguien que no supe conocer».
No lo niego, tanto Tánatos puede estragar y aturdir. Pero asombra el autocontrol de Roncone para describir su cuenta regresiva sin distraerse de ningún momento, de ningún decorado, de ningún gesto lánguido o tenue de frustración. Ese pulso me recuerda el lema de la película de 1995 del director francés Matthieu Kassovitz, El odio: «Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje». En sentido inverso, Roncone parece haberse dado a la tarea de mirar boca arriba desde la superficie para comprender el proceso involuntario que lleva a sus personajes a una fractura que, en todos los casos, es irreversible: palabras que se precipitan a tierra al ritmo de un conteo de seguridad, una constelación de astillas dispersas en puntos suspensivos.
Hermano ciervo es una colección de golpes fatales: de choques en carro, de cosas fuera de lugar, de suicidios, de padres que abandonan a sus hijos, de engaños de hombres y mujeres jóvenes que comienzan a familiarizarse con los riegos de la pasión y el amor, de borracheras sin control, de música y ánimos brumosos, todos sin brújula. Sin embargo, es un libro armado por un escritor consciente de su sensibilidad y de su estilo, un autor de palabra traslúcida que, con frecuencia, toma la precaución de poner a sus personajes cerca del agua: esa costa pacífica chilena que erosiona y ahoga las almas débiles y que pule la memoria y el corazón de quienes se atrevan a patalear contra la corriente con la esperanza de flotar para aferrarse a la vida.
Leopoldo Tablante (Caracas, 1970). Periodista, profeso y escritor universitario. Ha publicado los libros A todo riesgo (2004), Mujerese de armas temer (2005), Los sabores de la salsa (2005), Groovy (2007), y Hijos de su casa (2009). Actualmente vive en New Orleans, donde es profesor de Loyola University New Orleans.
El viernes 20 de mayo, estuvimos en el Instituto Cervantes presentando los poemarios Métodos de la lluvia y El amor tóxico de Leonardo Padrón. En una conversación moderada por Juan Luis Landaeta, Padrón habló sobre su oficio de creador, no sólo como poeta, sino también como dramaturgo y cronista, y compartió con la audiencia anecdotas divertidas sobre su carrera. A continuación les traemos la palabras que leyó Landaeta en referencia a la poética de Padrón. También conseguirán un enlace al video de toda la presentación disponible gracias al apoyo de Marco Purroy y todo el equipo de The Kaleidoscipic World, y los enlaces para comprar los libros. Gracias de igual forma al Instituto Cervantes y a todos los que hicieron posibles de una u otra forma este memorable encuentro.
Un amor feliz. ¿Es normal,
serio, útil?
¿Qué saca el mundo de dos personas
que no ven el mundo?
Un amor feliz. Wislawa Symborska.
El rayo del amor
no sé de qué hablamos
cuando hablamos de amor.
The Shining of the Sun. Fito Páez.
Es posible enamorarse de una ciudad y descubrir cómo las emociones marcan pauta en su espacio, en su abismo. La ciudad es un patio donde el amor ocurre y es ese punto de partida el que la convierte en algo más, una emoción. Así se transforma en un lugar en el que es imposible escapar del otro, quién además, se convierte en un puente para converger, fracturar, para trascendernos. El tiempo, como las ciudades, es indetenible. Los fragmentos, se encuentran para alternar su rumbo.
“El tiempo es un animal cansado.
Un viejo truco de Dios
para creerse inmortal”
El tiempo. Métodos de la lluvia.
“El silencio debe callar” dice un verso de Menester. Para hablar de la voz poética de Leonardo Padrón, parece una obviedad iniciar con la clara invitación al verbo. Pero ésta es suya. La fascinación por el instante en que apacible, debemos comunicar nuestra semejanza. Leonardo escribe sobre personas que se buscan. Más allá del giro de la confluencia, el frenesí entre espasmos, su escritura no sabe contener su mirada, resuelta, inquieta, adicta. Me urge hablar de dónde ocurre esa mirada.
Tanto El amor tóxico como Métodos de la lluvia están situados bajo el registro de un pulso infatigable. Un espacio roto que es mucho más que la suma de sus ruinas o la vocación de sus huellas. Una ciudad que no se asfixia en los cables del tendido eléctrico, ni en los ojos que se pierden en ella y la ven por última vez. Esa ciudad inagotable, violenta, seductora, es Caracas. Abordarla, devolver sus arañazos, tenderla como una ráfaga que se siente, hacerla apunte, es uno de los principales aciertos de la poética de Padrón.
“Caracas arde
sin las conjeturas del sol.
Y el día es un alazán desconcertado.”
Última hora. El amor tóxico.
La urbe cede ante sí misma, ante lo que la solía componer. Está hecha un pedazo. Un espejo, un reloj, un abandono. “Toda ciudad es un vicio solitario” nos dice en Zona peatonal. Esta voz es la de un hombre confundido que vuelve a amar y hace de ese fenómeno un ritmo vital. Del asfalto un oficio.
Nadie quiere saber dónde está cuando está enamorado. Padrón hace del sentimiento, sitio. De la pasión, un territorio. Rastrea todos los destellos, todas las inminentes casualidades que llevan un cuerpo al otro. El sujeto que ama, combate. Parece que la congestión y el ruido existieran para confabular un nombre. La ciudad de esta voz es la ciudad de un hombre que ama y acalla el silencio para vencerlo, derrama en la página su intención fascinada, curiosa. Tóxico y feliz. El amor, como
todas las costumbres, teme al destino. Es una silueta que no sabe sino temblar.
“Y yo lavo sus labios con los míos
rio su risa
me muslo en su muslo
me caballo en su pasto
me mordisco en su jadeo
soy noviembre en su virgo
amanezco en sus pulmones”
La casa. El amor tóxico.
La experiencia del amor en estos textos ocurre como una amenaza. Parco es por naturaleza el despojo turbio, la puerta que franquea la posibilidad de un cambio. En ese rincón de lo inaudito, reposa y se festeja el hambre incansable ante la metáfora de esa sensación, ese reducto de libertad que nos somete a él, un amor que por ser celebrado, no resulta menos confuso o efímero.
El amor que nos ofrecen estas páginas rasga la textura que tierno, concibe. La atmosfera de Padrón es la del cautivo. El hombre que acude al verbo tras su impresión. El tiempo exacto en que sabemos que desde entonces, nuestra vida no es del todo nuestra. El amor como la ciudad, puede convertirse en un castillo de balas. Padrón nos la ofrece como una extensión de los amantes, estridente, un patio que grita y que nunca logramos entender.
La escritura de El amor tóxico y Métodos de la lluvia es esa evidencia. El trazo de una gota que suma otras en el torrente, una copa que brinda por el azar de los distraídos que hacen posible el amor. Los conjuga. La línea más alta del cerro Ávila está en las manos de quien la ve. Así los amantes.
Caracas, como el olvido, insiste. Es un asalto que acierta en cada duda. La ciudad, como los amantes, permite la ruina, para volver a empezar. Es un hábito y lo sabemos. Se despide siempre. Desde el escándalo de los balcones, insiste en la punta de la lengua. Sucia. Sacra. Enferma. Vivaz. La ciudad como los amantes, ocurre adentro. Busca, como diría Padrón, el sol de los sótanos. Vuelca y emerge los materiales humanos.
Video de la presentación:https://www.facebook.com/thekaleidoscopicworld/videos/1195777650454600
Los dos libros de Leonardo los puedes conseguir en estos enlances:
La reconocida escritora Teresa Dovalpage (Cuba), conversó con nuestro autor Pedro Medina León acerca de su más reciente novela Varsovia; una historia sobre la marginalidad y los bajos fondos de Miami Beach, donde el gran personaje es el Comanche, un sujeto tan miserable como entrañable, que nos llevará a conocer billares, barras oscuras, drug dealers, y aspirantes a actrices pornográficas.
TD. ¿Quién te inspiró el personaje de El Comanche, tienes un modelo “real” para él?
PML. Como en toda ficción, el Comanche no tiene un ADN específico ni propio, es un poco de lo que he leído y visto. Dentro de las lecturas, quizá a los personajes que más se acerque sea al detective Hoke Moseley, del escritor Charles Willeford, y al Conde de Leonardo Padura. Creo que es un buen blend de ambos (uno es anglo y el otro es cubano, lo cual es una mezcla muy interesante para aplicar a Miami). Aunque también se nutre de los personajes de Elmore Leonard –sobre todo de sus libros ambientados en Miami–. Además, a eso hay que agregarle los nueve años que viví en South Beach, en los cuales siempre imaginé cómo sería crear historias de un detective venido a menos en esos ambientes marginales que tanto me gustan merodear.
TD. ¿Por qué decidiste escribir una novela de detectives?
PML. Lo que realmente quería era contar la marginalidad y la corrupción que tanto se ve en South Beach que ya he esbozado en mis libros anteriores, por eso no es coincidencia que Varsovia esté muy relacionado con Lado B, mi anterior novela. Quienes viven en esa zona o la conozcan, podrán identificarse perfectamente con los temas, los personajes, las locuras que se leen en Varsovia. El género negro es un buen vehículo para explorar esos ambientes hamponescos. Y también vale decir que soy lector del género policial. Es la literatura que, definitivamente, más me atrae.
TD. ¿Qué resultó más fácil en el proceso de escritura? ¿Y lo más difícil?
PML. Buena pregunta…creo que nada resultó fácil. Pero lo que más me cuesta es afinar el lenguaje de cada uno de los sujetos que aparecen en el libro. Sucede que una novela ambientada en Miami, más aún en las calles marginales, tiene que tener un lenguaje muy afinado y particular. Date cuenta que acá todos hablan diferente, no existe una sola persona que se exprese igual que otra, el idioma miamense es muy particular. Dotar a los personajes de un buen lenguaje en una novela miamense, es un reto no menor pues se corre el riesgo de caer en lo inverosímil, en lo trillado, en lo empalagoso. Mientras que un lenguaje bien logrado, es un sello tan particular que me atrevería a decir que el lector no necesita más pistas ni descripciones para imaginarse al susodicho de quien se está narrando. Por eso siempre digo que en Miami hay que escribir de oído.
TD. Cada autor de novelas detectivescas tiene un método diferente. ¿Cuál es el tuyo? ¿Sabías desde el principio quién sería el culpable o te llegó la idea por el camino?
PML. Yo he aplicado el mismo método que en mis libros anteriores: voy delineando capítulos en fichas y luego escribo cuando ya lo tengo más o menos claro (más o menos porque nunca es claro el camino sinuoso de la escritura). Después a editar y editar. Me demoro mucho tiempo editando, promedio de par de años por libro. Respecto al culpable sí, sabía quién sería. Lo que mutó un millón de veces fue cómo lo haría y cómo lo enfocaría, lo digo por el tema de la segunda persona con la que lo suelo acercar al lector.
TD. ¿Tienes algún autor del género al que admires particularmente?
PML. Con estos tres que menciono abajo son con los que claramente me siento identificado. Aunque hay muchísimos autores más que me encantan.
Charles Willeford.
Elmore Leonard.
Leonardo Padura.
TD. ¿Habrá una saga con la figura de El Comanche? Pienso en el caso del Frisancho, que se insinúa al final.
PML. Estoy trabajando en una segunda entrega, ya tiene título, se llama “Novela americana”. Lo de Frisancho, si bien es con lo que cierra el libro, ya sucedió en mi anterior novela, Lado B. De hecho, como te comentaba más arriba, hay muchas conexiones entre Varsovia y Lado B en cuanto a personajes y lugares, pero ambos libros se leen de manera totalmente independiente. Rubí, por ejemplo, aparece en ambas historias. Lo mismo el bar Al Capone y lo que le sucede a Frisancho.
TD. ¿Cómo te motivas a ti mismo para escribir todos los días?
PML. Leyendo buenos libros y escuchando música.

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Sobre Varsovia