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Cinco preguntas y un poema de Raquel Abend van Dalen

1- ¿Qué es la poesía y el proceso de creación literaría para ti?

 

La poesía es una de las tantas formas de sostener las verdades de este mundo. Es el mecanismo cuyas instrucciones de uso mejor entiendo. No tengo un mejor método para decir, para ser. Al escribir poesía estoy entendiendo la realidad que me rodea, mi realidad, y en ese sentido, puedo entenderme a mí misma. Puedo ser en la medida en que me registro a través del lenguaje poético.

 

 

2. ¿Qué buscas a la hora de escribir un poema?¿Qué te inspira?

 

Más que al escribir un poema, diría que hay búsqueda al escribir una serie de poemas, lo que formaría un libro. Y en ese caso, lo que busco siempre es desarrollar una idea que me inquieta u obsesiona. Exprimir un concepto hasta agotar mi interés en él.

 

 

3. ¿Cómo sabes cuando un poema está terminado o necesita más trabajo?

 

Supongo que es como cuando uno se está bañando y llega un punto en que decides cerrar la llave del agua.

 

 

4. ¿Quiénes son las principales influencias de Raquel?

 

Las influencias van cambiando con el tiempo, pero no están limitadas a figuras literarias. También me apasiona el cine y el arte.

 

 

5. ¿Qué estás leyendo en este momento?

 

Sinceramente: en este momento estoy leyendo muchas noticias. Ese es mi material actual para escribir.

 

 

Poema XXV de Sobre las fábricas (Sudaquia Editores, 2014)

 

Cuando la lengua

ya no quiere confesar 

 

su demasía

 

por fin

se tiende

 

(derrotada)

 

a tragar

silencio.

 

 

 

Descubre más de la poesía de Raquel Abend van Dalen (Caracas, 1989) en su libro Sobre las fábricas

 

 

 

Sobre Todas las lunas por Gisela Kozak

Todas las lunas es una novela poliamorosa, humorística y de aventuras en la que ocho personajes bisexuales -Farrah, Fernanda, Gabriela, Jozef Yukio, Hans, Loren, Robin, Verónica-  se aman unos a otros simultáneamente, en un espacio y en un tiempo  en los que no existe  el Estado y las transformaciones en el arte, la ciencia y la técnica se producen con pasmosa rapidez. Estefanía, la ciudad donde todos viven, flota en las aguas  del mar pero también en los múltiples caminos de la  historia y en sus calles se lee un poema de  Sor Juana Inés de la Cruz, se ve una fotografía de Cindy Sherman, se oye un lameláfono africano y se inventan  nada más y nada menos que el avión y  la anestesia, al tiempo que se degustan comidas para todos los paladares y se revoluciona la música para piano. De esta ciudad partirán los protagonistas en un viaje en busca de Loren, uno de los miembros del clan, cuya desaparición pone en marcha un  engranaje narrativo  que involucra la dimensión interior de cada personaje traducida en escritura  (cartas, memorias, diario, crónica) y su desplazamiento, con gran riesgo para sus vidas, a otras ciudades como Tecla y Diomira y, tal vez,  la nunca vista Fumancha.

 

Gisela Kozak (Caracas, 1963). Autora de la novela Todas las lunas (Sudaquia Editores, 2013). Leer más sobre Gisela

 

El ojo y el oído en la escritura

Escribir es un proceso laborioso que requiere, para poder desarrollarse, no solo el hábito de la lectura, sino forjar además las prácticas de caminar y observar el entorno con genuino interés. Estar atento a la vida circundante y tener el hábito de hablar consigo mismo, mientras se camina, equivale a salir a buscar la vida como quien sale a pescar desechos para hacer arte con materiales de reciclaje. Caminar, observar, dudar, refutar lo que se observa, ponerse en el lugar del otro, bajarle el volumen a lo que hace ruido y aumentárselo a lo que susurra… todo eso va produciendo una nueva visión que permite asomarse a perspectivas inéditas de la realidad, para que la veamos no como la vemos siempre, sino como pudiésemos verla si nos despojásemos de los prejuicios y lugares comunes que nos la vedan.

Asentar las ideas resultantes de esos hábitos es, como se ve, la última de una serie de actividades que hacen posible la escritura. Pero no aún la escritura como un hecho literario en sí, pues para esto se requerirá del paciente hábito de la reescritura, de la composición, lo que diferencia la escritura funcional de la escritura con intenciones artísticas. Aunque, claro está, este proceso es vital para la futura obra, porque así como para poder criar es preciso concebir (“parir”), sin texto que asiente las ideas no hay posibilidad de esa reescritura.

*

            Partiendo de esa distinción, acotaré algunas notas sobre el proceso de la escritura que, a manera de mapa de uso privado, he venido asentando con la esperanza de hacer más fácil el camino hacia ese territorio inasible que es el texto literario.

            En primer lugar recalco la anterior distinción entre concebir y criar. Un viejo poeta me comentó en una ocasión —palabras más, palabras menos—, que sin la crianza podría existir vida humana (distinta a la conocida, quizá salvaje, pero vida al fin), pero sin la concepción no.

             Comencemos, entonces, por preguntarnos: ¿De dónde nace la “idea” que da vida a una historia? ¿Dónde surge esa raíz que se asoma tímida, insegura, inacabada, y que luego se convertirá en un texto literario? ¿Cómo buscarla? ¿Cómo estimularla? Estas interrogantes nos llevan a releer el párrafo con el que arrancamos esta aproximación. La escritura es un proceso complejo, no documentado ni sujeto a fórmulas, mágico en todo el sentido de la palabra, que entremezcla ideas, temores, emociones y recuerdos para producir un discurso en el que el autor acaso es el caldero en el que se cocinarán esos ingredientes. “La vida y los sueños son paginas de un mismo libro; leerlo en orden es vivir; ojearlo es soñar”, señaló Schopenhauer para ilustrar un proceso similar al de la escritura, ya que esta no es un sueño dirigido, pero sí provocado.

*

Cuando uno lee un buen libro suele detenerse con frecuencia ante la cantidad de ideas y frases estimulantes con las que se tropieza durante la lectura. Esas frases repetidas en silencio, paladeadas, apuntadas en un sitio, releídas con fervor, encuentran su lugar, en un rincón no muy visible de nuestro cerebro, y permanecerán ahí, a la espera de seguir creciendo con otras conexiones similares (sueños, películas vistas, otras lecturas, situaciones presenciadas, conversaciones escuchadas, experiencias vividas) que eventualmente llegarán hasta ella.

Y así hasta que acumulan la suficiente cantidad de masa, de ideas que se van haciendo más complejas en tanto sus conexiones con otras van creciendo, como para, al final, concebir una historia.

Pero a partir de ese punto entra en juego el oído. Durante mucho tiempo creí que la vista era el sentido fundamental para producir la escritura. Y es importante, sin duda, pero la vista forma parte del embrionario proceso de recopilación de elementos que nos llevarán a producir una idea. Convertir esa idea en una composición estética requiere del oído ya que, como acota Paul Auster, aunque las palabras “pueden a veces tener significado, es en la música de las palabras donde arrancan los significados.”.

De allí que un texto hermoso es convincente: No porque diga verdades irrefutables, sino porque compone frases musicalmente irrefutables. La verdad se sustituye con otros atributos como la gracia, la elegancia, la belleza, o como quiera que se le llame, y tiende a ser de una elocuencia engañosa. Tiende a parecer verdad porque “suena bien”.

Cuando, por ejemplo, Borges escribió en uno de sus inolvidables cuentos que “Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción”, echó mano de una musicalidad tan placentera al oído, de una simetría tan llena de gracia, que pasaba por irrefutable, aunque no necesariamente lo fuese.

Es decir, que en la musicalidad del texto es que reside la responsabilidad de hacer que lo que dice parezca un hecho irrefutable, incuestionable, absoluto. En una palabra más sencilla y efectiva: creíble.

Es por eso que cuando leemos un texto aburrido, que avanza penosamente o que no logra despertar el interés del lector, estamos ante un autor que pudo haber tenido la vista adecuada para captar el mundo que le rodeaba, la realidad detrás de la realidad, pero no tuvo el oído para componer, con el material que recabó, un texto con la musicalidad y el ritmo que lograra convencer al lector.

No olvidemos que la prosa, a diferencia del verso, carece de una disposición visual que oriente al lector acerca de su ritmo, por lo que se ve obligada a producirlo hilvanando frases con frases, una con la siguiente, y esta con la siguiente y esta con la siguiente, hasta completar párrafos, páginas, libros.

Es el combustible para que un lector navegue de una orilla a la otra del texto.

*

Para capturar el mundo que nos rodea en todos sus detalles, es necesario tener mucha capacidad de observación, sin duda alguna, pero para escribir, reescribir, pulir el texto de forma que el lector se sienta ante un texto único, ante la inminencia de una revelación, lo que se debe desarrollar (lo que opera secretamente) es una sensibilidad sonora, musical, que permita al lector avanzar sin poder evitarlo a través de las melodías conectadas del texto. Esa musicalidad que lo obliga a seguir leyendo, aun escenas atroces, hechizado en su camino hacia lo inevitable, como el que viaja en un bote que se precipitará hacia una descomunal caída de agua.

Que, es como decir, que con el ojo se crea, pero con el oído se cría.

 

Héctor Torres (Caracas, 1968) – Autor de los libros La huella del bisonte (Sudaquia Editores, 2012) y El amor en tres platos (Sudaquia Editores, 2013). Leer más sobre Héctor

 

 

Roncone y su cuenta regresiva

­Juan Pablo Roncone y su cuenta regresiva

por Leopoldo Tablante

 

Hubo un tiempo, por allá en los años sesentas, en que las mejores inteligencias literarias de América Latina querían diseccionar su mundo para inventar uno nuevo. Las historias eran totales y complejas y las anécdotas se apoderaban de mentes virtuosas y perversas, ricas y pobres, dominantes y oprimidas. Esa generación de escritores pasó a la historia por medio de una onomatopeya oclusiva, boom, que sugería que, después de un buen golpe de frustración social, la inequidad y la exclusión debían enlazar con un desenlace cercano a la igualdad y a la justicia. La literatura era para ellos un compromiso atlético que no escatimaba en personajes, en entradas y salidas, en intercalación de diálogos y voces, en superposición de planos narrativos, en estructuras de columnas y vasos comunicantes cuyo propósito era mostrar que la realidad que el lector asumía como natural en realidad no lo era. «Todo lo que vives es un montaje en el que se verifica que el hombre es un lobo para el hombre, una tramoya de arrogancias y prejuicios, de caminos abiertos para pocos y tapiados para la mayoría», parecían decir estos escritores que, por ambiciosos, cosecharon dos premios Nobel, dejaron en miles de páginas sus mejores entusiasmos y también la prueba viva de sus más profundos desencantos.

Muchos se distrajeron de sus idealismos de izquierda; quienes los conservaron hasta el final, los vivieron con el desprendimiento de una celebridad que siempre resultó imponderable tanto para comencandelas revolucionarios como para conservadores encopetados. Lo que se llama vivir más allá del bien y del mal, un rascacielos rodeado por la pequeñez de seres humanos abrumados por las pretensiones de sus élites, arrinconados por sus emociones, sus ínfimos placeres y sus ínfimos dolores.

Concluido el ciclo del boom, la vida latinoamericana siguió su curso dentro de la inercia de su inequidad. El súper-yo del escritor «macho» identificado por el Cortázar de Rayuela se desmenuzó en voces modestas e intimistas replegadas en historias ubicadas en el país de una subjetividad que gravitaba en la ciudad, un lugar que, más que ser prueba de razón y lucidez, era el escenario del aturdimiento. Seres distraídos de su propia historia, arrastrados por procesos incomprendidos, por la vida al margen o por el compromiso forzoso ante la mecánica ubicua de la economía de mercado. Gente que zozobraba o flotaba, con más o menos suerte, cuya faceta más lírica era producto de su falta de proyecto y de voluntad.

Y pensar que los esfuerzos titánicos del boom se iban a tropezar con esto.

A ese país de alienados pertenecen plumas que, después, se consagraron como nombres ineludibles o como nuevos monstruos inalcanzables: la misantropía de Vallejo, el intelectualismo cosmopolita de Volpi, el fuego metafórico de Piglia, la épica excursión hacia cualquier parte de Bolaño…

Juan Pablo Roncone nació en Arica, Chile, en 1982, se formó como abogado en Santiago y llegó a la literatura arrastrado por esta última marea. La resaca lo acerca a su coterráneo, Alberto Fuguet, cuyo talento traspasó una frivolidad masmediática y de clase media que se encogía de hombros ante los mundos inconmensurables de los escritores venerables de generaciones anteriores. En el caso de la literatura de Roncone, lo que seduce, justamente, es su aparente falta de pretensiones: de parecer ocurrente, de parecer al tanto, de administrar el tedio y la sorpresa con técnica de contorsionista literario. La prosa de su celebrado libro de relatos, Hermano ciervo (Premio Municipal de Literatura de Santiago de Chile, que se añade al Premio a la Creación Literaria Joven Roberto Bolaño por su novela inédita Los días finales) es, sí, minimalista, telegráfica, pero no afilada ni rotunda. Allí donde el Raymond Carver obsesionado con la forma de Chejov (o el editor Gordon Lish, con ganas de fundar un nuevo segmento literario) quería ser terminante y cruel, Roncone es tímido, fatalista, presa de una larga melancolía que, más que querer descargar su rabia sobre el lector, le recomienda decantarse por la filosofía del Mr. Vertigo de Paul Auster: desvanecerse hasta desaparecer.

Hermano ciervo es el ejercicio literario de un alma nutrida por la cultura global e inspirada por la bruma y el salitre del litoral chileno: su banda sonora alterna los repertorios Jimi Hendrix , The Pixies, Sonic Youth, Joy Division, que, explícita o implícitamente, cubren las 123 páginas del volumen. Si alguien me pidiera una analogía musical para describir sus cuentos, diría que todos discurren en baja frecuencia, suspendidos en esa quieta desesperación a la que aludiera el Roger Waters de El lado oscuro de la luna y en cadencia de acordes menores renuentes a dejar pasar la luz al final de túnel.

Los cuentos tienen los pies muy bien puestos sobre sus arenas movedizas: un chico virgen, sin desesperación por dejar de serlo, que  tiene sexo con la novia de su mejor amigo en el baño de una cabaña durante unas vacaciones. De regreso a casa en auto, el grupo arrolla y mata al único canguro sobreviviente del accidente sufrido por un avión de carga que transportaba cinco de estos animales; un joven que se inventa la historia de un hijo ahogado en una piscina sólo para participar en una sesión espiritista; un peluquero decidido a  vengarse de la persona que atropelló y mató a su hijo en un accidente de tránsito y que, llegado el momento de actuar, se corta en el abdomen con el cuchillo destinado a consumar la venganza; un muchacho abandonado por su padre, a punto de morir, quien un día se arma de valor para ir a verlo y se limita a intimar con su cuidadora y su hijo, a extrañarse de la conducta de los gansos que la mujer cría, mientras le da largas a un encuentro que nunca enfrenta y se lamenta de que su novia esté embarazada; un estudiante de leyes que una noche, borracho, pierde el control de un auto, tiene un accidente en el que fallece un amigo, manipula la escena del siniestro para que la policía no lo culpe y, más tarde, para aliviar sus remordimientos, visita a la madre del finado; dos amigos que, armados de una escopeta, emprenden un viaje a una casa de campo en la que, antes de suicidarse, el padre de uno de ellos se dedicaba a cazar patos; el chico que reconoce en la morgue el cuerpo de su hermano, homosexual y ausente, a quien compara con la figura enigmática de un ciervo herido; y el padre de una niña apenas fallecida, quien, luego de perder  también a su primera esposa y sin trabajo, se encomienda a la voluntad de su próxima pareja, se inventa una vida de escritor y, en una playa, conversa con un médico solo y alcoholizado, quizás más hundido que él.

Este último es tal vez el único consuelo que ofrece Hermano ciervo. Porque, como después de escuchar una canción del disco Pornography de The Cure, los ánimos nunca salen boyantes tras la lectura de uno de estos relatos. Sus seres están rotos o, en el mejor de los casos, seriamente desportillados, aunque todos se rehúsen a asumir la realidad de su quiebre. La prosa de Roncone –breve, diáfana, descriptiva, desnuda de digresiones- se despliega en enumeraciones que suelen perder altura según la trayectoria emocional de sus personajes: todos en barrena, una precipitación para la que el autor ha inventado un lenguaje que va de poco a casi nada, una expresión para restituir las fases del vacío.

 

Sin ánimos de ser exhaustivo, las historias pueden presentarse en fases fragmentarias y contrastantes:

 

«17. No soy coqueta, me dijo una vez Amparo en su apartamento.

18. Acelero. Casi no hay autos, y tanto a la derecha como a la izquierda de la carretera las ramas de los árboles parecen estáticas e irreales, consumiéndose bajo el sol abrasador. Bebo cerveza y cada cierto tiempo le veo las piernas a Amparo. Este vestidito rosado es lindo.

19. Sí lo eres, le dije, eres muy coqueta. No, dijo ella, y apoyó los pies desnudos sobre el televisor. Coqueta es la mina que coquetea. Yo no. Yo no hago esfuerzos por ser así. Yo soy así porque sí».

 

En adelantos de momentos culminantes a los que se resta toda consecuencia:

 

«Cerca de una esquina un perro ladró al viento.

Dentro del auto: olor a vómito y cerveza.

Mi peluquero estacionó frente a la casa y bajó.

Lo vi caminar por la vereda hasta llegar a la reja que protegía el jardín.

Distinguí la forma del cuchillo dentro del bolsillo de su pantalón.

La casa era pequeña; las luces estaban apagadas.

El viento silbó entre los árboles».

 

En relámpagos reflexivos sobre las motivaciones de la literatura:

«Cuando conocí a Raimundo en la universidad no me obsesionaban las historias como ahora. Las historias y las génesis de las historias, que suelen ser las mentiras».

En reportes de la tragedia familiar con ojo de experto forense:

«Horas después de la autopsia decidimos vestirlo. Los asistentes de la funeraria nos habían dicho que podían hacerlo ellos o nosotros: «Los parientes eligen».

Recorrimos un pasillo frío y vacío. El olor a cera era fuertísimo. Nunca había estado en la morgue. El auxiliar paramédico abrió la puerta. Felipe fue el primero en entrar. Mamá llevaba la ropa dentro de una bolsa. Ésta era su tienda favorita, dijo apenas, minutos antes de llegar. Ella no había visto el cadáver. Felipe y el auxiliar intentaron doblarlo. Mamá sacó la camisa, los pantalones y una chaqueta. Fue la primera vez que la vi llorar por Antonio».

O en desenlaces que operan como una atomización de vidas desde hace tiempo desmoronadas en la parálisis de un dolor transformado en resignación y en tiempo perdido.

«Me senté en uno de los últimos asientos. Pegué la cabeza al vidrio húmedo de la ventana. Observé las calles y el tráfico: aún había movimiento en la ciudad. El centro no dormía.

Vi las personas ir y venir, y en las caras de todos ellos me pareció haber visto algo de mi hermano: una mirada, una expresión, un gesto de alguien que no supe conocer».

No lo niego, tanto Tánatos puede estragar y aturdir. Pero asombra el autocontrol de Roncone para describir su cuenta regresiva sin distraerse de ningún momento, de ningún decorado, de ningún gesto lánguido o tenue de frustración. Ese pulso me recuerda el lema de la película de 1995 del director francés Matthieu Kassovitz, El odio: «Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje». En sentido inverso, Roncone parece haberse dado a la tarea de mirar boca arriba desde la superficie para comprender el proceso involuntario que lleva a sus personajes a una fractura que, en todos los casos, es irreversible: palabras que se precipitan a tierra al ritmo de un conteo de seguridad, una constelación de astillas dispersas en puntos suspensivos.

Hermano ciervo es una colección de golpes fatales: de choques en carro, de cosas fuera de lugar, de suicidios, de padres que abandonan a sus hijos, de engaños de hombres y mujeres jóvenes que comienzan a familiarizarse con los riegos de la pasión y el amor, de borracheras sin control, de música y ánimos brumosos, todos sin brújula. Sin embargo, es un libro armado por un escritor consciente de su sensibilidad y de su estilo, un autor de palabra traslúcida que, con frecuencia, toma la precaución de poner a sus personajes cerca del agua: esa costa pacífica chilena que erosiona y ahoga las almas débiles y que pule la memoria y el corazón de quienes se atrevan a patalear contra la corriente con la esperanza de flotar para aferrarse a la vida.

 

Leopoldo Tablante (Caracas, 1970)Periodista, profeso y escritor universitario. Ha publicado los libros A todo riesgo (2004), Mujerese de armas temer (2005),  Los sabores de la salsa (2005), Groovy (2007), y Hijos de su casa (2009). Actualmente vive en New Orleans, donde es profesor de Loyola University New Orleans.

 

Un juego de ecos y resonancias.

Según pasan los años, un juego de ecos y resonancias.

Por Montague Kobbé

Leía la más reciente colección de cuentos de Israel Centeno, Según pasan los años (Sudaquia, 2012), y de repente pensé que me encontraba en una feria o circo de provincia en un tiempo remoto. Remoto no precisamente porque los relatos en cuestión transporten al lector a otra época —aunque eso también—, sino porque los artificios narrativos de mayor efecto en este compendio son tradicionales, conocidos, recurrentes y, sin embargo, plenamente efectivos.

A caballo entre una sala de espejos retorcidos y un simulador de Volver al futuro, Centeno enfrenta al lector con una serie de anécdotas —diez espejos/relatos, para ser precisos, que forman un decágono simétrico a la vez que desconcertante— entretenidas las más, lujuriosas unas cuantas, delirantes otro par, que se filtran con facilidad, como un buen whiskey, en la conciencia de quien las lee.

Un buen whiskey, pero no uno monumental: uno que a la mañana siguiente desaparece sin dejar rastro, ni resaca. Porque en su mayoría, las narraciones que componen, individualmente, Según pasan los años, son curiosidades, souvenirs de feria u objetos de mercado de segunda mano, más que reliquias de anticuarios. Eso con la excepción, quizás, de “La expedición de los muñecos”, un cuento de lo más largos de la colección que también reúne las principales virtudes del volumen: concisión, desde luego; contundencia verbal (delicias como “la gente se pierde y da vueltas sobre sus huellas y si encuentra el lugar que busca, de alguna manera lo vuelve a perder, es como la vida”); humor, también; pero sobre todo una interacción entre diversos planos temporales que se entrelazan coherentemente para producir una realidad más onírica que mágica.

La secuencia de “La expedición de los muñecos”, “La casa verde” y “El último viaje del Begoña” constituye el núcleo creativo de Según pasan los años y recogen la esencia de lo que Centeno tiene que decir. “La casa verde” rinde tributo a Vargas Llosa, por supuesto, pero también a Cavafis (uno de sus versos sirve de epígrafe al cuento), y sobre todo a la propia colección, pues aquí comienzan las referencias a sí mismo, al propio libro que se lee, en un vuelco literario que, como un buen aroma, le da redondez a la colección y estimula la curiosidad del lector.

Y es que es en el tratamiento de Según pasan los años como un todo integral donde reside el principal mérito de Centeno. Porque sus personajes —algunos extranjeros, la mayoría plenamente criollos— esbozan a través de sus experiencias realidades complementarias que por separado tienen un cariz caricaturesco o acaso fantasioso —como una película de Robert Rodriguez.

Un mosaico: eso es lo que las más destacables colecciones de relatos construyen. El mosaico que pieza a pieza arma Centeno es uno que sirve de puente entre la cuarta y la quinta república, resaltando los hitos que entre ambas han marcado la vida de todos los venezolanos. En este sentido, el punto de partida de Según pasan los años es el que para la generación nacida entre 1960 y 1980 representa, acaso, el punto de inflexión, el momento en que la Historia irrumpió definitiva y desconsoladoramente en su cotidianidad: 1992 (aunque Centeno usa el 27 de noviembre como punto clave, no el 4 de febrero). Los aviones de la Fuerza Aérea venezolana rompiendo la barrera de sonido sobre la ciudad de Caracas sirve como una metáfora que envuelve a la colección en violencia y que encuentra su eco final en una referencia (oscura, como el episodio) al escape novelesco de Francisco Visconti, uno de los líderes de aquella intentona, a Perú, junto a sus hombres en un Hércules de la aviación.

Pero si este es el punto álgido de la historia en la que nos interna Centeno, el juego de ecos y alusiones va a transitar por una ancha franja de referencias que van desde el pasado desabrido de una guerrilla que en Venezuela se vio derrotada por su propio peso (a más tardar después de la legalización del PCV en 1968), pasando por el reciclaje del activista revolucionario en comandante de pandillas urbanas y, en última instancia, en representante armado del gobierno, hasta llegar a los deslaves del litoral central de 1999 y a la violencia desmedida (RobertRodriguezca) de la Venezuela contemporánea.

Según pasan los años es un libro de guerras perdidas, de asilos, escapes y reinvenciones fracasadas, de excesos sexuales y adicciones que no llegan a servir de elixir, de representaciones fantasmagóricas que se reflejan, trastocadas, en los espejos cóncavos y convexos de un volumen desesperanzador pero entretenido que pide insistentemente ser leído. Allá del que no escuche.

 

 

Montague Kobbé es un ciudadano alemán con nombre shakesperiano, nacido en Caracas, en un país que ya no existe, en un milenio que ya pasó.

 

Estudioso de la lengua, de todas las lenguas, busca sin conseguirlo combatir el anonimato y la inanición con el timo escrito y la quiromancia por armas predilectas. Su primera novela,The Night of the Rambler (Akashic: NYC, 2013), consiguió una mención del Premio Casa de las Américas 2014 y su colección bilingüe de micro relatos, Historias de camas y aeropuertos(DogHorn: UK, 2014), reúne 50 cuentos en castellano e inglés.

 

Enamorado del humo y los espejos, pasa sus días ideando artimañas para encantar morenas y serpientes que a menudo publica en su columna quincenal en The Daily Herald de Sint Maarten, en su bitácora futbolera en el portal español fronterad.com o en una que otra publicación del Caribe o las Américas.  

 

La mayor parte de estos periplos encuentran cabida poco tiempo más tarde bajo los cuatro palos que sostienen el circo de su blog personal, MEMO FROM LA-LA LAND.

http://mtmkobbe.blogspot.com

 

Sobre Métodos de la lluvia

Palabras de Julio Tupac Cabello sobre Métodos de la lluvia de Leonardo Padrón, en su presentación en la librería Books & Books de Coral Gables.

 

No por casualidad, en uno de los primeros textos de Métodos de la Lluvia, Leonardo evoca a Symborska. Justamente con un poema llamado Frontera, y que discurre, como el agua misma, sobre los falsos límites, los vientos y la indomable libertad del espíritu.

“No hay tierra prohibida para la ruta de las nubes”.

Wislawa Symborska era una poeta polaca que vivió de la fuga, e hizo de ella un viaje de libertad. Y en estos tiempos en los que la venezolanidad ha sido tan cruelmente invitada a abandonar sus nidos, los más recientes poemas de Leonardo descubren que hay en esa excecración -para paradoja de los esbirros- también un viaje, no sólo al dolor y a la soledad, sino a la inacabada universalidad del espíritu.

El Leonardo Padrón de Métodos de la lluvia es el mismo de siempre y es a la vez uno distinto. Sigue siendo ese lírico declarante del amor y el enamoramiento. Ese cultor de la soberbia belleza de la mujer.

“Has llegado tan impuntualmente a mi vida, que he decidido corregir todos los relojes hacia tu posibilidad”.

Ese suspiro permanente que se asombra ante las emociones, como quien ve caer y detallar gota a gota el agua sobre la ventana.

Pero ahora otro poeta se hace prominente. Hay cierta temperatura decantada en sus últimos versos. Un tempo pausado y sin estridencias, que dice sin inseguridad versos riesgosos y abarcadores, con esa sabiduría que tan solo da el tiempo; que no se molesta en divergir, en polemizar ni en pontificar, porque si hay algo que dan los años es la aceptación de los misterios.

“El tiempo es una cena que no termina, un señor que no te quita la mirada”.

Las canas de Leonardo, para bien y para mal, han dejado de ser un guiño pícaro que simbolizaba su precocidad. Nos han quedado de esos tiempos los poemarios Balada o Boulevard, preciados y atesorados versos como canciones en antología, que proponían liras o estructuradas posturas artísticas, puntos de vista plantados, como bien le corresponde a un fundador del grupo Guaire.

En Métodos de la lluvia estamos en presencia de un poeta que se asume con una universalidad inesperada. Da un paso adelante y dice, se sale de los bordes, se ejerce, deja de cantarle a los suyos, y nos canta a todos.

En la crónica y en la telenovela, Leonardo exploró con abundancia y placidez su conocimiento sobre lo que de la poesía puede hacernos ver a muchos el mundo distinto. Quién puede olvidar que sus protagonistas olían a durazno, eran fotógrafos o llevaban su más ruda y accidentada femineidad pese a las circunstancias.

A la par, Leonardo seguía escribiendo frente a su hoja en blanco la poesía de la que habita sólo en su interior y tantos por tanto admiramos.

Recientemente, llegó otro reto. Asumir con absoluta frontalidad el ejercicio intelectual de la política. La toma de posiciones. La reflexión sesuda de lo publico.

Y como si todo se conjugara, en Métodos de la lluvia, aquella encantadora intimidad de la que hacían alarde sus versos en otra etapa, la poesía se ha vuelto universal. Su intimidad nos habla de la intimidad de todos, hispanoparlantes, venezolanos, suecos o eslavos.

“Ese ojo profundo que se asoma en la palabra nunca”.

Hay en los versos de esta obra una motivación menos apasionada. Un poeta que habla tercamente sentado desde la acera que le corresponde. Tranquilo con su acera y con las palabras que le tocan. La seducción ya no juega primero. Sino que la protagoniza en yuxtapuesto el espíritu hecho vocablo.

“Somos lo que prohibimos, y también lo que anhelamos ser”.

Un amigo me dijo una vez en una fiesta, escuchando a un malhablado criticar a Leonardo por escribir telenovelas, que en el fondo, todos queríamos ser Leonardo Padrón.

Es un intelectual que lleva la densidad de la academia con una inaudita ligereza caribeña. El conocimiento en él no es polvo sino risa. Encima, es un enamorado sempiterno, que ama en público y declara sus historias con indecoro.

Quién no quisiera serlo. Pero a pesar de su extensa colección de imposibles entrevistados, es él el imposible.

Métodos de la lluvia es una obra acabada. Me atrevería a decir añosa, pues hay en ella una mirada que toma muchos kilómetros y vivencias para proferir, con tanta sencillez, tanta esencia.

Si yo fuse uno de ustedes, no solo la leería, sino que la dejaría descansar, para volver a ella varias veces. Hay en estos poemas más de un perfil, más de un ángulo, más de un peldaño de profundidad. Y no todos pueden percibirse en el primer fulgor de su lectura.

Los dejo con esta joya de la física, que pasa de líquido a gaseoso, y que siempre vuelve con la lluvia.

Gracias

 

Miami, martes 9 de septiembre de 2014

 

JULIO TUPAC CABELLO reside en Miami desde hace 13 años, cuando vino transitoriamente y sin saber que le sería cuesta arriba regresar. Ha visto crecer esta ciudad y llenarse de sus compatriotas, y ha disfrutado a distancia del maravilloso fenómeno editorial que se ha fraguada en Venezuela.: mientras la realidad se hunde, los escritores la salvan. Periodista y creativo, Julio Tupac no hace sino escribir: para ganarse la vida y como vicio. Fundador de Tal Cual, ganador de un premio Emmy, egresado de la UCV y de la Universidad de Bristol, Inglaterra, actualmente se desempeña como Director Creativo de Telemundo Networks. En el año 2012 publicó on line la novela breve La casa del suizo, y en 2013 el poeamrio Imágenes del abandono, con la editorial El Pez soluble. En la actualidad trabaja en su próxima obra y publica en el blog Metamorfosis, de El Universal.com

¡Próximos eventos!

NEW YORK

      Evento: Presentación del libro La apertura cubana de Alexis Romay. 

      Presentador: Jorge I. Domínguez. 

      Fecha: viernes 29 de agosto de 2014

      Hora: 6:30 pm 

      Lugar: Libreria Barco de papel – 4003 80th Ave. Elmhurst, NY 11373

https://www.facebook.com/events/300282870153990/?ref_dashboard_filter=upcoming



     

MIAMI

 

Evento: Presentación del libro Métodos de la lluvia de Leonardo Padrón.

      Fecha: viernes 09 de septiembre de 2014

      Hora: 8 pm

      Lugar: Books and books  – 265 Aragon Ave, Coral Gables, FL

https://www.facebook.com/events/363746933789668/?ref_dashboard_filter=upcoming

 

Evento: Presentación del libro Tempestades solares de Grettel J. Singer. 
      Presentador: Manny López

      Fecha: viernes 09 de septiembre de 2014

      Hora: 6:30 pm

      Lugar: Books and books  – 265 Aragon Ave, Coral Gables, FL

https://www.facebook.com/events/732337503470065/?ref_dashboard_filter=upcoming

 

Evento: Presentación del libro Enrisco para presidente de Enrique Del Risco. 
      Presentador: Ramón Fernández – Larrea

      Fecha: viernes 09 de septiembre de 2014

      Hora: 6:30 pm

      Lugar: Books and books  – 265 Aragon Ave, Coral Gables, FL

https://www.facebook.com/events/503083203169198/?ref_dashboard_filter=upcoming 

     

      

Entrevista en Dialogo Abierto

Te invitamos a ver la entrevista de nuestro Asdrúbal Hernández junto a Javier Gómez @JavierEGomez1 en el programa Dialogo Abierto de @BronxnetTV canal 69. 

http://www.bronxnet.org/tv/dialogo/viewvideo/4454/qdialogo-abiertoq/dialogo-abierto–aug-6-2014

 

¡Guerra contra Amazon!

Más de 800 autores firman carta de apoyo a Hatchette

 

A continuación la carta en inglés:

 

A Letter to Our Readers:

 

 

Amazon is involved in a commercial dispute with the book publisher Hachette , which owns Little, Brown, Grand Central Publishing, and other familiar imprints. These sorts of disputes happen all the time between companies and they are usually resolved in a corporate back room.

But in this case, Amazon has done something unusual. It has directly targeted Hachette’s authors in an effort to force their publisher to agree to its terms.

For the past several months, Amazon has been:

Boycotting Hachette authors, by refusing to accept pre-orders on Hachette authors’ books and eBooks, claiming they are “unavailable.”

Refusing to discount the prices of many of Hachette authors’ books.

Slowing the delivery of thousands of Hachette authors’ books to Amazon customers, indicating that delivery will take as long as several weeks on most titles.

–Suggesting on some Hachette authors’ pages that readers might prefer a book from a non-Hachette author instead.

As writers–most of us not published by Hachette–we feel strongly that no bookseller should block the sale of books or otherwise prevent or discourage customers from ordering or receiving the books they want. It is not right for Amazon to single out a group of authors, who are not involved in the dispute, for selective retaliation. Moreover, by inconveniencing and misleading its own customers with unfair pricing and delayed delivery, Amazon is contradicting its own written promise to be “Earth’s most customer-centric company.

Many of us have supported Amazon since it was a struggling start-up. Our books launched Amazon on the road to selling everything and becoming one of the world’s largest corporations. We have made Amazon many millions of dollars and over the years have contributed so much, free of charge, to the company by way of cooperation, joint promotions, reviews and blogs. This is no way to treat a business partner. Nor is it the right way to treat your friends. Without taking sides on the contractual dispute between Hachette and Amazon, we encourage Amazon in the strongest possible terms to stop harming the livelihood of the authors on whom it has built its business. None of us, neither readers nor authors, benefit when books are taken hostage. (We’re not alone in our plea: the opinion pages of both the New York Times and the Wall Street Journal, which rarely agree on anything, have roundly condemned Amazon’s corporate behavior.)

We call on Amazon to resolve its dispute with Hachette without further hurting authors and without blocking or otherwise delaying the sale of books to its customers.

We respectfully ask you, our loyal readers, to email Jeff Bezos, CEO and founder of Amazon, at jeff@amazon.com, and tell him what you think. He says he genuinely welcomes hearing from his customers and claims to read all emails at that account. We hope that, writers and readers together, we will be able to change his mind.

Sincerely,

 
  • Megan Abbott
  • Robert H. Abel
  • Rachael Acks
  • William M. Adler
  • Elisa Albert
  • William Alexander
  • Sherman Alexie
  • Mike Allen
  • Jonathan Ames
  • Laurie Halse Anderson
  • Roger Angle
  • Carol Anshaw
  • Anne Applebaum
  • Debby Applegate
  • Kelley Armstrong
  • Rilla Askew
  • Rick Atkinson
  • James David Audlin
  • Paul Auster
  • Ellis Avery
  • Avi
  • Barbe Awalt
  • Gillian Bagwell
  • Blake Bailey
  • Deirdre Bair
  • Jo Baker
  • Kevin Baker
  • Mishell Baker
  • David Baldacci
  • Melissa Bank
  • Linwood Barclay
  • Evelyn Barish
  • Juliana Barnet
  • Rebecca Barnhouse
  • Nevada Barr
  • Quentin Bates
  • Elif Batuman
  • Douglas Bauer
  • Erica Bauermeister
  • Cris Beam
  • Greg Bear
  • James Beauregard
  • Antony Beevor
  • Adam Begley
  • Louis Begley
  • Hilari Bell
  • Madison Smartt Bell
  • Martine Bellen
  • Sam Bellotto Jr.
  • Aimee Bender
  • Karen E. Bender
  • Lou J. Berger
  • Daniel Bergner
  • Bob Berman
  • Anne Bernays
  • Suzanne Berne
  • Steve Berry
  • Lauren Beukes
  • Clara Bingham
  • Lisa Birnbach
  • Michael Bishop
  • Lauren Bjorkman
  • Holly Black
  • Shayla Black
  • Grant Blackwood
  • Linda M. Bland
  • Meredith Bland
  • David W. Blight
  • Carole Bloom
  • Cas Blomberg
  • Deborah Blum
  • Judy Blundell
  • Charles Bock
  • Amy Boesky
  • Paul Bogard
  • Johnny D. Boggs
  • Chris Bohjalian
  • Robert M. Bolstad
  • Marianne Boruch
  • Joanna Bourke
  • Betsy Connor Bowen
  • Walt Boyes
  • Ben Bradlee Jr.
  • Mike Bradley
  • Jess Brallier
  • Taylor Branch
  • H.W. Brands
  • Kylie Brant
  • Gary Braver
  • Catherine Brennan
  • Marie Brennan
  • Alan Brennert
  • Morgan S. Brilliant
  • Douglas Brinkley
  • Pope Brock
  • Laura Brodie
  • Lora Brody
  • Geraldine Brooks
  • Harriet Brown
  • Jennifer Brown
  • Lisa Brown
  • Sandra Brown
  • Bliss Broyard
  • Cathy Marie Buchanan
  • Marina Budhos
  • Christopher Buehlman
  • Kate Buford
  • Jan Burke
  • Cherie Burns
  • Benjamin Busch
  • Sarah Shun-lien Bynum
  • Pat Cadigan
  • Susannah Cahalan
  • Chelsea Cain
  • Kenneth Cain
  • Susan Cain
  • Wayne Caldwell
  • Philip Caputo
  • Jacqueline Carey
  • Peter Ames Carlin
  • Ron Carlson
  • Robert A. Caro
  • David Carothers
  • Cynthia Carr
  • H.G. Carrillo
  • Betsy Carter
  • Mary E. Carter
  • Carol Cassella
  • Brian Castner
  • Michael Chabon
  • Rebecca Chance
  • Angie Chau
  • Thomas Chavez
  • Susan Cheever
  • Ron Chernow
  • Harriet Scott Chessman
  • Jaima Chevalier
  • Tracy Chevalier
  • Jennifer Chiaverini
  • Lee Child
  • Lincoln Child
  • Mark Childress
  • Kate Christensen
  • Jill Ciment
  • Sandra Cisneros
  • Breena Clarke
  • Antoinette Nora Claypoole
  • Meg Waite Clayton
  • Andrew Clements
  • Katherine Clements
  • Rachel Cline
  • Mick Cochrane
  • David B. Coe
  • William D. Cohan
  • Leah Hager Cohen
  • James Collins
  • Suzanne Collins
  • Tom Connor
  • Christopher D. Cook
  • Stephanie Cooke
  • Martha Cooley
  • Ellen Cooney
  • Karen Coody Cooper
  • Artemis Cooper
  • Constance Cooper
  • Jen Corace
  • Zizou Corder
  • Douglas Corleone
  • Kelly Corrigan
  • Bruce Coville
  • Robert Crais
  • Sara Creasy
  • Sharon Creech
  • Elizabeth Crook
  • Dave Cullen
  • Robert Dallek
  • William Dalrymple
  • Mark Z. Danielewski
  • Leslie Daniels
  • Jack Dann
  • Ellen Datlow
  • Saul David
  • Lauren B. Davis
  • Lindsey Davis
  • Angela Davis-Gardner
  • Jeffery Deaver
  • Barbara Dee
  • Jonathan Dee
  • Dale DeGroff
  • Barbara Delinsky
  • Nelson DeMille
  • David Denby
  • Jerry Dennis
  • Hannah Dennison
  • William Deresiewicz
  • Mary Alice Deveny
  • Julia DeVillers
  • Junot Díaz
  • Mary Lou Dickinson
  • David Dobbs
  • Anthony Doerr
  • Linda Donn
  • Beverly Donofrio
  • James Donovan
  • David R. Dow
  • Brendan DuBois
  • Andre Dubus III
  • Sarah Dunant
  • Andy Duncan
  • Tom Dunkel
  • Susan Edmiston
  • Jennifer Egan
  • Martha Egan
  • Robert Eggleton
  • Benita Eisler
  • Amal El-Mohtar
  • Kimberly Elkins
  • Elissa Elliott
  • Kate Elliott
  • Abby Ellin
  • Carson Ellis
  • Joseph J. Ellis
  • P.N. Elrod
  • Ken Emerson
  • Alexandra Enders
  • Terry England
  • Hallie Ephron
  • Catherine Epstein
  • Mark Epstein
  • Pamela Erens
  • Mark Essig
  • Sir Harold Evans
  • Anne Fadiman
  • Susan Faludi
  • Ellen Feldman
  • Joshua Ferris
  • Lucy Ferriss
  • Amanda Filipacchi
  • Joseph Finder
  • William Finnegan
  • Suzanne Finstad
  • Eric Fischl
  • Janet Fitch
  • Stona Fitch
  • Paul Fleischman
  • Ronald Florence
  • Nick Flynn
  • Tom Folsom
  • Alison Ashley Formento
  • Richard Thompson Ford
  • Amanda Foreman
  • J.L. Forrest
  • Connie May Fowler
  • Karen Joy Fowler
  • Ruth E. Francis
  • Diana Pharaoh Francis
  • Judith Frank
  • Thaisa Frank
  • Laurie Frankel
  • Caroline Fraser
  • Laura Fraser
  • Ian Frazier
  • John Freeman
  • Pamela Freeman
  • Ru Freeman
  • Richard E. Friesen
  • Gregory Frost
  • Laura Furman
  • Neal Gabler
  • Peter Gadol
  • Mary Gaitskill
  • Nicole Galland
  • Jack Gantos
  • Nasario Garcia
  • Barbara Garson
  • Henry Louis Gates, Jr.
  • Jaym Gates
  • Alison Gaylin
  • Elizabeth George
  • Giuseppe Gerbino
  • Denise Giardina
  • Elizabeth Gilbert
  • Susan Jane Gilman
  • Jennifer Gilmore
  • Malcolm Gladwell
  • Krystyna Poray Goddu
  • Peter Godwin
  • Glen David Gold
  • Stephen Goldin
  • Beverly Gologorsky
  • Laurence Gonzales
  • Arquímedes González
  • Brad Gooch
  • Alison Gopnik
  • Jim Gorant
  • Mary Gordon
  • Meryl Gordon
  • Angeline Goreau
  • Steven Gould
  • Philip Gourevitch
  • Marie Grace
  • Cheryl Grace
  • D.G. Grace
  • Heather Graham
  • Linda Grant
  • Elizabeth Graver
  • George Dawes Green
  • Jeff Greenwald
  • Dr. David H. Grinspoon
  • John Grisham
  • Andrew Gross
  • Michael Gruber
  • Lisa Grunwald
  • Talia Gryphon
  • Kevin Guilfoile
  • Melissa Guion
  • Allan Gurganus
  • Beth Gutcheon
  • Dan Gutman
  • Mark Haddon
  • Steven Hahn
  • Loretta Hall
  • Karen Hall
  • Emma Walton Hamilton
  • Jane Hamilton
  • Masha Hamilton
  • Mary Stewart Hammond
  • Patricia Hampl
  • Elizabeth Hand
  • Daniel Handler a.k.a Lemony Snicket
  • Sharon Hanna
  • Sophie Hannah
  • Thor Hanson
  • Alyssa Harad
  • Elizabeth Harlan
  • Ann Harleman
  • Stephan J. Harper
  • Stephen Harrigan
  • Ellen Harris
  • Sam Harris
  • C.C. Harrison
  • Carolyn Hart
  • Aaron Hartzler
  • Adrianne Harun
  • Yona Harvey
  • Todd Hasak-Lowy
  • Molly Haskell
  • Susan Carol Hauser
  • Katherine B. Hauth
  • John Twelve Hawks
  • Roy Hayes
  • Terrance Hayes
  • Toby Fesler Heathcotte
  • Jeff Hecht
  • Travis Heermann
  • Sarah Hegger
  • Ursula Hegi
  • Charles Ota Heller
  • Marla Heller
  • Kaui Hart Hemmings
  • Amy Hempel
  • Lauren Henderson
  • Joshua Henkin
  • Greg Herren
  • Peggy Herrington
  • Rachel Herz
  • Carol DeChellis Hill
  • Joe Hill
  • Anne Hillerman
  • Brenda Hillman
  • Hilary Hinzmann
  • Tom Hirschfeld
  • Jack Hitt
  • Sylvia Anna Hivén
  • Valerie Hobbs
  • Mary Ann Hoberman
  • Sheri Holman
  • Rachel Holmes
  • Woody Holton
  • Ed Hoornaert
  • Ellen Hopkins
  • Deborah Hopkinson
  • Nalo Hopkinson
  • James D. Hornfischer
  • Shel Horowitz
  • Tony Horwitz
  • Silas House
  • Hugh Howard
  • James Howe
  • Del Howison
  • Mary Hudson
  • Laird Hunt
  • Charlayne Hunter-Gault
  • Gregg Hurwitz
  • Nancy Huston
  • Siri Hustvedt
  • Elisabeth Hyde
  • Amy Ignatow
  • Gerald Imber, M.D.
  • Susan Isaacs
  • Steve Jackson
  • Diane Jacobs
  • Linda Jaivin
  • Michael Jecks
  • Suzanne Jenkins
  • Sarah Jensen
  • Erika Johansen
  • Gilbert John
  • Fenton Johnson
  • Brian Jay Jones
  • Steve Jones
  • Michaele Jordan
  • Sam Jordison
  • Mike Jung
  • Sebastian Junger
  • A.P. Von K’Ory
  • Judi Kadden
  • Bonita Kale
  • Stephanie Kallos
  • Robert Kanigel
  • Andrew Kaplan
  • James Kaplan
  • Jim Kaplan
  • Paul Karasik
  • Mary Karr
  • John Katzenbach
  • Joe Kelly
  • Judith Kelman
  • Joshua Kendall
  • Katrina Kenison
  • Brad Kessler
  • Frances Kiernan
  • Martin Kihn
  • Sarah S. Kilborne
  • Daniel M. Kimmel
  • A.S. King
  • Dave King
  • Lily King
  • Stephen King
  • Tabitha King
  • Barbara Kingsolver
  • Maxine Hong Kingston
  • Dave Kinney
  • Floris M. Kleijne
  • Christina Baker Kline
  • Alethea Kontis
  • Lily Koppel
  • Anne Korkeakivi
  • Michael Koryta
  • Sally Koslow
  • Alex Kotlowitz
  • Stephen Kotowych
  • Jon Krakauer
  • Mark Kramer
  • Matthew Kressel
  • Katherine Kurs
  • Sandra Gail Lambert
  • Anne Landsman
  • Eve Laplante
  • Erik Larson
  • Lee Adair Lawrence
  • Roland Lazenby
  • Linda Lear
  • Nicole J. LeBoeuf
  • Cherie Lee
  • Vicki T. Lee
  • Joan Leegant
  • Dennis Lehane
  • Jim Lehrer
  • Kate Lehrer
  • Stina Leicht
  • Bobbie Leigh
  • Thomas P. Leiker
  • Brad Leithauser
  • Dinah Lenney
  • Anne Leonard
  • Peter Lerangis
  • Edward M. Lerner
  • John Lescroart
  • Diane Leslie
  • Jonathan Lethem
  • Tom Levenson
  • Phillis Levin
  • David D. Levine
  • Judith Levine
  • Jim Lewis
  • Michael Lewis
  • Norma Libman
  • Katia Lief
  • Terr Light
  • Alan Lightman
  • Jane Lindskold
  • Elinor Lipman
  • Laura Lippman
  • Jonathan Littell
  • Aimee Liu
  • Malinda Lo
  • Michaele Lockhart
  • Lois Lowry
  • David Lubar
  • Jason Erik Lundberg
  • Steve Luxenberg
  • William Lychack
  • Barry Lyga
  • Anne Lyle
  • Larissa MacFarquhar
  • Karen Mack
  • Kenneth Mack
  • Elizabeth Macklin
  • Kathy Macmillan
  • Greg Mandel
  • Tim Manley
  • Annam Manthiram
  • Jo-Ann Mapson
  • Meredith Maran
  • David Maraniss
  • Andrew Marble
  • Paul Mariani
  • Regina Marler
  • Melissa Marr
  • William Martin
  • Valerie Martin
  • Michael J. Martinez
  • Judith Matloff
  • Mark Matousek
  • Suzanne Matson
  • John Matteson
  • Alice Mattison
  • Claudia Mauro
  • Laurie McBride
  • Erin Lindsay McCabe
  • Donald McCaig
  • T.C. McCarthy
  • Lyn McConchie
  • Jack McDevitt
  • Richard P. McDonough
  • Heather McDougal
  • Michael McGarrity
  • Celia McGee
  • Erin McGraw
  • Jay McInerney
  • Will McIntosh
  • Maryn McKenna
  • Chris McKitterick
  • Terry McMillan
  • Maggie Meade
  • Marion Meade
  • Jodi Meadows
  • Jillian Medoff
  • Mameve Medwed
  • Brian Meehl
  • Edie Meidav
  • Brad Meltzer
  • Daniel Menaker
  • Daniel Mendelsohn
  • Susan Scarf Merrell
  • T.M. Merremont
  • Karla Linn Merrifield
  • Christopher Merrill
  • Ashley Merryman
  • Claire Messud
  • David Michaelis
  • Lisa Michaels
  • Deborah Michel
  • Margaret Dubay Mikus
  • James Andrew Miller
  • Sue Miller
  • Lyn Miller-Lachmann
  • R.J. Mirabal
  • Rana Mitter
  • Laura J. Mixon
  • Seth Mnookin
  • David Moles
  • Anna Monardo
  • Elizabeth Moon
  • Christopher Moore
  • Honor Moore
  • Caroline Moorehead
  • Harry Morales
  • Phyllis S. Morgan
  • Courtney Morgan
  • David Morrell
  • James McGrath Morris
  • Eleanor Morse
  • Jennifer Anne Moses
  • Anka Muhlstein
  • Marcia Muller
  • Meg Mullins
  • Manuel Munoz
  • Carol Muske-Dukes
  • Donna Jackson Nakazawa
  • David Nasaw
  • Sena Jeter Naslund
  • Antonya Nelson
  • Kris Neri
  • Jay Neugeboren
  • Cal Newport
  • Travis Nichols
  • Katharine Noel
  • G.E. Nordell
  • Leonard Nourse
  • Elizabeth Nunez
  • Sigrid Nunez
  • Carol O’Connell
  • Brigid O’Farrell
  • Rick O’Keefe
  • Joseph O’Neill
  • Meghan O’Rourke
  • Regina O’Melveny
  • James O’Shea
  • Patricia O’Toole
  • Achy Obejas
  • Nancy Ohlin
  • Daniel Okrent
  • Karl Olsberg
  • Mark Olshaker
  • Peggy Orenstein
  • Peter Orner
  • Mary Pope Osborne
  • A.J. Osorio
  • Whitney Otto
  • Elizabeth Oberbeck
  • Ruth Ozeki
  • Ann Packer
  • ZZ Packer
  • Nell Painter
  • Ann Pancake
  • Sara Paretsky
  • T. Jefferson Parker
  • Thomas Trebitsch Parker
  • Jonathan Parshall
  • Ann Patchett
  • Dorothy Patent
  • Greg Patent
  • Susan Patron
  • James Patterson
  • Richard North Patterson
  • Paula Paul
  • Jackson Pearce
  • Iain Pears
  • Shelley Pearsall
  • Ridley Pearson
  • Kira Peikoff
  • George Pelecanos
  • Sharon Kay Penman
  • Sara Pennypacker
  • Benjamin Percy
  • Tom Perrotta
  • Joan K. Peters
  • Andrew X. Pham
  • Rodman Philbrick
  • Arthur Phillips
  • Leslie Pietrzyk
  • Steven Pinker
  • Jorge Pinto
  • Valerie Plame
  • Letty Cottin Pogrebin
  • Lesley Poling-Kempes
  • Michael Pollan
  • Neil Port
  • Maximillian Potter
  • Ron Powers
  • William Powers
  • Douglas Preston
  • Bill Pronzini
  • Alex Prud’homme
  • Philip Pullman
  • Tom Purdom
  • Joyce Purnick
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  • Andrea Reusing
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  • Dr. Sonya Rhodes
  • Jerome Richard
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  • Cynthia Riggs
  • Margaret Roach
  • David Roberts
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  • Kim Stanley Robinson
  • Roxana Robinson
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Ovnibus por Salvador Fleján

Te invitamos a leer el cuento Ovnibus de nuestro autor Salvador Feján y el cual forma parte de su libro Intriga en el Car Wash. Para leerlo has click acá: http://sub-urbano.com/ovnibus/

El último rostro de Chávez

En una Venezuela donde la palabra objetividad se ha ido diluyendo hasta desaparecer detrás de odios, rabias e intolerancias que han destruido amistades y familias, el libro de Albinson Linares “El último rostro de Chávez” asume un valor muy especial.

Con un trabajo periodístico acucioso y serio, sin dejarse llevar por sus propios sentimientos, imposibles de descifrar a través de las páginas de su libro, Linares nos muestra las múltiples facetas del mito Chávez que han logrado sobrevivir a su muerte.

La personalidad de una figura tan controversial surge de los recuerdos de amigos, docentes, militares, familiares que lo conocieron en las distintas etapas de su vida. Vamos ahondando en sus sueños, descubrimos su terquedad, su innato liderazgo y su ambición desmedida. La autoestima sin fisuras y la convicción absoluta de ser poseedor de la verdad, le han permitido salir adelante aún en las situaciones más difíciles y arrastrar detrás suyo a un pueblo hechizado.

“Hugo Chávez emerge en el correlato colectivo venezolano como un trasunto de la Scherezade oriental que encantaba con larguísimos relatos a ese rey impaciente que muchas veces puede ser el pueblo.” Escribe Linares quien entrevista a analistas, sociólogos, historiadores de distintas ideas políticas, para ir construyendo la “verdadera historia” de un Presidente que ha logrado transformarse en un mito. Como dice la estudiosa Márgaret López Maya, Chávez ejerció una dominación carismática que se basa en la creación de vínculos de tipo emocional. “A la gente no le importa que se viole la ley, no le importa que las reglas del juego no estén claras, ni les interesa la corrupción… pueden pasar trabajo y seguir votando.” Esa fue la gran fuerza de Hugo Chávez y sobre esa herencia siguen apoyándose el Presidente Maduro y el equipo actual de gobierno. Pero ese líder carismático también es odiado con igual fuerza por la otra mitad del país. Odios y amores tan intensos que resulta casi imposible buscar un punto intermedio en un clima tan conflictivo.

Las protestas estudiantiles tratan de ser una respuesta racional a la irracionalidad del mito. Los problemas que motivan esas movilizaciones son problemas que afligen a todos por igual. Y sin embargo no logran crear fisuras evidentes en el amor absoluto que aún rodea al líder venezolano.  

El trabajo de Linares nos permite reflexionar sobre las razones profundas que han permitido que Chávez se transformara en un dios para una parte importante de la población y en el diablo para la otra.

Quizá, como dice el autor, muchos venezolanos tengamos más en común con Hugo Chávez de lo que nos gusta admitir. Entender eso ayudaría a justificar amores y odios, pero sobre todo nos permitiría evitar, en el futuro, que nuestras vidas queden en las manos de un solo hombre, por más carismático que sea.

 

 

Creando desde afuera

Te invitamos a leer las palabras de presentación que dijo Paquito D’Rivera, el pasado 18 de marzo de 2014, en nuestro evento en el Instituto Cervantes de Nueva York.
 
Creando desde Afuera. 
 
 
Durante mi ya larga existencia, además de músico, he sido solicitado para las más diversas actividades. Cuando hacía mi  servicio militar obligatorio tumbé caña, hice posta, toqué oberturas, himnos, desfiles y funerales militares, he sido pinche de cocina, sembré pinos en las lomas de Mayarí, alimenté puercos y limpié baños, a veces muyyy sucios. Y como he escrito alguno que otra cosilla, he tenido un hijo y sembrado una mata de mango que se murió durante la primera nevada newyorkina, ya creo que más o menos cumplí con los tres requisitos que recomendaba Martí para ser un hombre de verdad. Pero cuando los de la editorial Sudaquia me pidieron ser el moderador de este evento pensé: ¿Moderador?…eso sí que nadie me lo había pedido antes.
La imagen más lejana que tengo  de un moderador  es la de Luis Gómez Wangüemert, un periodista que “moderaba” aquellos juicios nada moderados de los primeros años del castrismo, ¿se acuerdan?…. Wangüemert  era un tipo alto, calvo y con cara de tranca que se parecía un poco a Camilo José Cela, con una voz engolada, que mandaba a callar constantemente a los acusados. “Cállese fulano, cállese mengano, ¡sió!”…coño, el tipo era implacable. Así que ya saben ustedes cuatro, cuando yo les diga a callar, ipsofacto se callan… ¿OK?
 
Creando desde afuera es un buen concepto para esta reunión, teniendo en cuenta que nuestro país, por circunstancias obvias, a través del tiempo ha producido una extensa pléyade de autores exiliados, entre los que destacan entre muchos otros el inefable Gillermo Cabrera Infante, Reynaldo Arenas, Antonio Benítez Rojo, Manuel Moreno Fraginals, Daína Chaviano, Gastón Baquero, Carlos Alberto Montaner, Rafael Rojas, Lidia Cabrera, Armando López, Miguel Ángel Sánchez, Zoé Valdés, y en el siglo XIX el más insigne de todos los cubanos, José Martí, produjo lo mejor de su extraordinaria cosecha desde la Babel de Hierro.
 
De los cuatro encausados de esta noche, tenemos solo tres generaciones, y esto es posible por la sencilla razón de que #1) las damas ni tienen edad ni se se tiñen el pelo; #2) yo sé de buena tinta que Enrisco le lleva como 14 años a Osdany. Y 3), con Alexis no hay forma humana de que confiese la edad; así que 1-2 y 3, que paso mas chévere el de mi conga es. Todo parece indicar que este jabao descendiente directo del doctor Tomás Romay no pertenece a ninguna generación ..¡Alexis es “atemporal”, un literato de todos los tiempos!
 
A Enrique del Risco, a quien siempre le ha preocupado tanto “Que pensarán de nosotros en la tierra del sol naciente” lo conozco desde finales del siglo pasado, cuando tuvo a bien escribir una linda introducción a la presentación de mi primer libro “Mi Vida Saxual” en la librería Lectorum de la calle 23. Como me fascina el humor, su libro “Lágrimas de Cocodrilo”  me convirtió en uno de sus más fervientes fans. Tanto así que cuando concebí la idea de escribir la ópera “Cecilio Valdés, Rey de La Habana”, le pedí que me ayudara a armar el libretto. Tres días más tarde, como Jesucristo, “resucitó” y se me apareció en casa con una botella de ron Bermúdez y la pieza teatral terminada. Enrisco, quien ha escrito el delicioso libro de memorias “Siempre nos quedará Madriz”, en aquella ocasión se trajo consigo al multifacético Alexis Romay para colaborar en la creación de las letras de algunas de las canciones de “Cecilio”. Alexis, que escribe en rima y en prosa tanto en Español como en el idioma de Humphrey Bogart, lo mismo cuenta historias para niños, que toca la guitarra, baila “Casino” o juega un ajedrez de campeonato. El título de su nuevo libro “La Apertura Cubana” está inspirado en el juego ciencia, aunque va mucho más allá de eso.
 
–“Yo nací en Cuba, pero ese país no existe”–, le dijo amargamente a un periodista poco antes de morir  Guillermo Álvarez Guedes, el más emblemático de los comediantes cubanos junto a Leopoldo Fernández “Trepatines”. Y es que en opinión de más de uno, el exilio y el aislamiento han hecho que las distintas generaciones de hombres y mujeres nacidos en esa desdichada Isla nuestra se parezcan cada vez menos y cada vez tengan menos en común.
 
Por solo poner un ejemplo de estas enormes diferencias, hace unos días miraba un Youtube donde cuatro jovencitos negros, en pleno parque central de La Habana gritaban consignas y portaban rústicos cartelones hechos de cajas de cartón. Los transeúntes pasaban de prisa, como huyendo de ellos, y entre los gritos de los poquísimos que protestaban, se oyó la voz de un miserable chivato que preguntaba: ¿Y donde está la policía?… En tiempos de la dictadura anterior, cuando alguien sacaba un cartel y gritaba consignas contra Batista, los transeúntes que pasaban por el lugar hubieran gritado: ¡Corran, que viene la policía!!!…
 
No sé, pero quizás por esas mismas razones o hasta para evitar el estereotipo y el “encasillamiento étnico” será que algunos de nuestros artistas y escritores jóvenes evitan el tema netamente cubano, como es el caso de Osdany Morales, cuya más reciente producción novelística, “Papyrus”, nos cuenta las peripecias de un narrador que hace un recorrido por Las Siete Bibliotecas del Mundo, (creo que ninguna en Cuba), dejando un libro en cada una de ellas.
 
Por último, la flor con nombre de fábula que adorna nuestra velada literaria, escribió un libro intrigante  y atrevido con el sugestivo título de “Mujerongas” (¡me encanta ese título!). Esta noche, Grettel J. Singer, que salió de la tierra de la siguaraya hacia Caracas a la tierna edad de 11 años, y más tarde– como pa’ variar– se fue a Miami, nos ofrece hoy su novísima creación “Tempestades Solares”. Y como se dice que los últimos serán los primeros y las damas también van primero, pues primero que todo le pediremos a Grettel que nos hable de su experiencia como escritora fuera del terruño.  De modo que adelante Grettel, que Hansel (y hasta Raúl) te escuchan. Nosotros también.
 
 
Paquito D’Rivera
Marzo 18-2014