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Un juego de ecos y resonancias.

Según pasan los años, un juego de ecos y resonancias.

Por Montague Kobbé

Leía la más reciente colección de cuentos de Israel Centeno, Según pasan los años (Sudaquia, 2012), y de repente pensé que me encontraba en una feria o circo de provincia en un tiempo remoto. Remoto no precisamente porque los relatos en cuestión transporten al lector a otra época —aunque eso también—, sino porque los artificios narrativos de mayor efecto en este compendio son tradicionales, conocidos, recurrentes y, sin embargo, plenamente efectivos.

A caballo entre una sala de espejos retorcidos y un simulador de Volver al futuro, Centeno enfrenta al lector con una serie de anécdotas —diez espejos/relatos, para ser precisos, que forman un decágono simétrico a la vez que desconcertante— entretenidas las más, lujuriosas unas cuantas, delirantes otro par, que se filtran con facilidad, como un buen whiskey, en la conciencia de quien las lee.

Un buen whiskey, pero no uno monumental: uno que a la mañana siguiente desaparece sin dejar rastro, ni resaca. Porque en su mayoría, las narraciones que componen, individualmente, Según pasan los años, son curiosidades, souvenirs de feria u objetos de mercado de segunda mano, más que reliquias de anticuarios. Eso con la excepción, quizás, de “La expedición de los muñecos”, un cuento de lo más largos de la colección que también reúne las principales virtudes del volumen: concisión, desde luego; contundencia verbal (delicias como “la gente se pierde y da vueltas sobre sus huellas y si encuentra el lugar que busca, de alguna manera lo vuelve a perder, es como la vida”); humor, también; pero sobre todo una interacción entre diversos planos temporales que se entrelazan coherentemente para producir una realidad más onírica que mágica.

La secuencia de “La expedición de los muñecos”, “La casa verde” y “El último viaje del Begoña” constituye el núcleo creativo de Según pasan los años y recogen la esencia de lo que Centeno tiene que decir. “La casa verde” rinde tributo a Vargas Llosa, por supuesto, pero también a Cavafis (uno de sus versos sirve de epígrafe al cuento), y sobre todo a la propia colección, pues aquí comienzan las referencias a sí mismo, al propio libro que se lee, en un vuelco literario que, como un buen aroma, le da redondez a la colección y estimula la curiosidad del lector.

Y es que es en el tratamiento de Según pasan los años como un todo integral donde reside el principal mérito de Centeno. Porque sus personajes —algunos extranjeros, la mayoría plenamente criollos— esbozan a través de sus experiencias realidades complementarias que por separado tienen un cariz caricaturesco o acaso fantasioso —como una película de Robert Rodriguez.

Un mosaico: eso es lo que las más destacables colecciones de relatos construyen. El mosaico que pieza a pieza arma Centeno es uno que sirve de puente entre la cuarta y la quinta república, resaltando los hitos que entre ambas han marcado la vida de todos los venezolanos. En este sentido, el punto de partida de Según pasan los años es el que para la generación nacida entre 1960 y 1980 representa, acaso, el punto de inflexión, el momento en que la Historia irrumpió definitiva y desconsoladoramente en su cotidianidad: 1992 (aunque Centeno usa el 27 de noviembre como punto clave, no el 4 de febrero). Los aviones de la Fuerza Aérea venezolana rompiendo la barrera de sonido sobre la ciudad de Caracas sirve como una metáfora que envuelve a la colección en violencia y que encuentra su eco final en una referencia (oscura, como el episodio) al escape novelesco de Francisco Visconti, uno de los líderes de aquella intentona, a Perú, junto a sus hombres en un Hércules de la aviación.

Pero si este es el punto álgido de la historia en la que nos interna Centeno, el juego de ecos y alusiones va a transitar por una ancha franja de referencias que van desde el pasado desabrido de una guerrilla que en Venezuela se vio derrotada por su propio peso (a más tardar después de la legalización del PCV en 1968), pasando por el reciclaje del activista revolucionario en comandante de pandillas urbanas y, en última instancia, en representante armado del gobierno, hasta llegar a los deslaves del litoral central de 1999 y a la violencia desmedida (RobertRodriguezca) de la Venezuela contemporánea.

Según pasan los años es un libro de guerras perdidas, de asilos, escapes y reinvenciones fracasadas, de excesos sexuales y adicciones que no llegan a servir de elixir, de representaciones fantasmagóricas que se reflejan, trastocadas, en los espejos cóncavos y convexos de un volumen desesperanzador pero entretenido que pide insistentemente ser leído. Allá del que no escuche.

 

 

Montague Kobbé es un ciudadano alemán con nombre shakesperiano, nacido en Caracas, en un país que ya no existe, en un milenio que ya pasó.

 

Estudioso de la lengua, de todas las lenguas, busca sin conseguirlo combatir el anonimato y la inanición con el timo escrito y la quiromancia por armas predilectas. Su primera novela,The Night of the Rambler (Akashic: NYC, 2013), consiguió una mención del Premio Casa de las Américas 2014 y su colección bilingüe de micro relatos, Historias de camas y aeropuertos(DogHorn: UK, 2014), reúne 50 cuentos en castellano e inglés.

 

Enamorado del humo y los espejos, pasa sus días ideando artimañas para encantar morenas y serpientes que a menudo publica en su columna quincenal en The Daily Herald de Sint Maarten, en su bitácora futbolera en el portal español fronterad.com o en una que otra publicación del Caribe o las Américas.  

 

La mayor parte de estos periplos encuentran cabida poco tiempo más tarde bajo los cuatro palos que sostienen el circo de su blog personal, MEMO FROM LA-LA LAND.

http://mtmkobbe.blogspot.com

 

Amos Oz gana el premio Kafka

Gana el escritor israelí Amos Oz el Premio Franz Kafka 2013

Le será entregado en una ceremonia a realizarse en Praga a finales de octubre.

AFP 
Publicado: 27/05/2013 12:16

 

El premio literario Franz Kafka para el año 2013 fue atribuido por un jurado internacional a Amos Oz, el escritor israelí más conocido en el mundo, autor de una obra traducida a unos 30 idiomas, se anunció el lunes en Praga.

El premio, dotado con 10 mil dólares, será entregado a Amos Oz durante una ceremonia organizada en la alcaldía de Praga a fines de octubre, con motivo de la fiesta nacional de la República Checa, precisó la Sociedad Franz Kafka en un comunicado.

Nacido el 4 de mayo de 1939 en Jerusalén en una familia de origen ruso y polaco, Amos Oz cambió su apellido en 1954. De Klausner pasó a llamarse Oz, palabra hebrea que significa “fuerza, coraje”.

Entre sus obras más conocidas figuran Quizás en otra parte (1966), Mi querido Mijael (1968), Tocar el agua, tocar el viento (1973), Un descanso verdadero (1982), Las mujeres de Yoel (1985) , La caja negra (1987),Conocer a una mujer (1989), No digas noche (1994), Una pantera en el sótano (1995), De repente en lo profundo del bosque (2005). Y su autobiografía Una historia de amor y oscuridad, reconocida como una obra maestra de la literatura mundial.

Ganador del prestigioso premio Goethe 2005 en Alemania, Amos Oz también ganó en 2007 el premio Príncipe de Asturias.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/gana-el-escritor-israeli-amos-oz-el-premio-franz-kafka-2013-1

Sudaquia presenta…

El Inquilino, que todos llevamos

Dicen que antes de morir la mente humana repasa eventos esenciales, como en una película a velocidad suprema.

Más aún, dicen que quien se aproxima a la muerte ve un desfile de imágenes que representan el compendio de toda su vida.

El inquilino, la novela del escritor colombiano Guido Tamayo, es, de alguna manera, ese repaso final. Pulcramente escrito en una narración con vuelo poético, fragmentado en bloques de memoria y presente, de forma circular. Una historia que comienza y termina en tiempo presente, como certeza del único acto ineludible: la muerte.

Es el viaje por las distintas estaciones de la derrota de un hombre, Manuel de Narváez, el protagonista, escritor colombiano condenado a escribir,  en su tránsito hacia la muerte, la estación final que se sitúa, a la postre, en el camino entre la sala y la cocina de su departamento.

Más aún, la historia comienza minutos previos a su muerte y desde allí se desgrana, circularmente, como las capas de una cebolla amarga, en personas y pasajes, para llegar al fondo de su derrota definitiva.

Un colombiano escritor que escribe frenéticamente un libro. Que batalla con las teclas de una máquina de escribir. Con el tiempo en contra y la pobreza a favor. En el mar de las adicciones, en las aguas del alcohol, se sumergen todas las palabras. De allí emergen también todas las palabras.

El hombre, Manuel, es un cuerpo abandonado, un desasosiego sin fin, un desamor que deambula, una tos insidiosa, una ternura repentina, un trago interminable.

Manuel es el espejo de todas sus mujeres: una madre muerta, una prostituta adicta, una dama francesa que le cree pero que a quien nunca vio, una ciudad –Barcelona de España- .  Y este enfermo terminal, recorre en su rutina diaria, el mapa de estas historias personales. Una bitácora signada por bares y botiquines, bebidas y cigarros, y sexo a destajo, a lo ancho de una ciudad imposible: La Barcelona Condal.

En este relato no sobran ni faltan palabras: es un bordado de frases y párrafos y palabras que nos trasporta, por momentos, a la belleza de la poesía.

El exilio, la soledad, el desamor, y el fracaso, habitan esta novela en un solo recuento que es difícil dejar de leer, porque resume todos nuestros miedos. Porque cada lector se sentirá como un inquilino posible en el territorio de los fracasos. Porque socava en cada página. Porque son retazos de resaca. La vida en sus descalabros y sus deleites.

Pero no diré qué libro escribe Manuel de Narváez. No diré si lo termina. Sólo diré que vale la pena leer esta novela para comprender lo afortunados que somos.

 

Sonia Chocrón (n. Caracas1961) es una poeta, narradora y guionista de cine y televisión.

Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. En 1982 ingresa al Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). En 1988 participa -por concurso- en el Taller “El Argumento de Ficción” de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños,Cuba. De allí, viaja a México invitada por el Premio Nóbel para fundar el Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez. Su trabajo literario, así como sus guiones para cine y televisión, le han merecido diversos premios y reconocimientos a nivel local e internacional. Ha publicado:

  • Sábanas Negras (2013). Novela
  • Las Mujeres de Houdini (2012). Novela
  • Poesía Re-unida (2010). Poesía
  • La virgen del baño turco y otros cuentos falaces (2008). Cuento
  • Falsas apariencias (2004). Cuento
  • La buena hora (2002). Poesía
  • Púrpura (1998). Poesía
  • Toledana (1992). Poesía

 

Creando desde afuera

Te invitamos a leer las palabras de presentación que dijo Paquito D’Rivera, el pasado 18 de marzo de 2014, en nuestro evento en el Instituto Cervantes de Nueva York.
 
Creando desde Afuera. 
 
 
Durante mi ya larga existencia, además de músico, he sido solicitado para las más diversas actividades. Cuando hacía mi  servicio militar obligatorio tumbé caña, hice posta, toqué oberturas, himnos, desfiles y funerales militares, he sido pinche de cocina, sembré pinos en las lomas de Mayarí, alimenté puercos y limpié baños, a veces muyyy sucios. Y como he escrito alguno que otra cosilla, he tenido un hijo y sembrado una mata de mango que se murió durante la primera nevada newyorkina, ya creo que más o menos cumplí con los tres requisitos que recomendaba Martí para ser un hombre de verdad. Pero cuando los de la editorial Sudaquia me pidieron ser el moderador de este evento pensé: ¿Moderador?…eso sí que nadie me lo había pedido antes.
La imagen más lejana que tengo  de un moderador  es la de Luis Gómez Wangüemert, un periodista que “moderaba” aquellos juicios nada moderados de los primeros años del castrismo, ¿se acuerdan?…. Wangüemert  era un tipo alto, calvo y con cara de tranca que se parecía un poco a Camilo José Cela, con una voz engolada, que mandaba a callar constantemente a los acusados. “Cállese fulano, cállese mengano, ¡sió!”…coño, el tipo era implacable. Así que ya saben ustedes cuatro, cuando yo les diga a callar, ipsofacto se callan… ¿OK?
 
Creando desde afuera es un buen concepto para esta reunión, teniendo en cuenta que nuestro país, por circunstancias obvias, a través del tiempo ha producido una extensa pléyade de autores exiliados, entre los que destacan entre muchos otros el inefable Gillermo Cabrera Infante, Reynaldo Arenas, Antonio Benítez Rojo, Manuel Moreno Fraginals, Daína Chaviano, Gastón Baquero, Carlos Alberto Montaner, Rafael Rojas, Lidia Cabrera, Armando López, Miguel Ángel Sánchez, Zoé Valdés, y en el siglo XIX el más insigne de todos los cubanos, José Martí, produjo lo mejor de su extraordinaria cosecha desde la Babel de Hierro.
 
De los cuatro encausados de esta noche, tenemos solo tres generaciones, y esto es posible por la sencilla razón de que #1) las damas ni tienen edad ni se se tiñen el pelo; #2) yo sé de buena tinta que Enrisco le lleva como 14 años a Osdany. Y 3), con Alexis no hay forma humana de que confiese la edad; así que 1-2 y 3, que paso mas chévere el de mi conga es. Todo parece indicar que este jabao descendiente directo del doctor Tomás Romay no pertenece a ninguna generación ..¡Alexis es “atemporal”, un literato de todos los tiempos!
 
A Enrique del Risco, a quien siempre le ha preocupado tanto “Que pensarán de nosotros en la tierra del sol naciente” lo conozco desde finales del siglo pasado, cuando tuvo a bien escribir una linda introducción a la presentación de mi primer libro “Mi Vida Saxual” en la librería Lectorum de la calle 23. Como me fascina el humor, su libro “Lágrimas de Cocodrilo”  me convirtió en uno de sus más fervientes fans. Tanto así que cuando concebí la idea de escribir la ópera “Cecilio Valdés, Rey de La Habana”, le pedí que me ayudara a armar el libretto. Tres días más tarde, como Jesucristo, “resucitó” y se me apareció en casa con una botella de ron Bermúdez y la pieza teatral terminada. Enrisco, quien ha escrito el delicioso libro de memorias “Siempre nos quedará Madriz”, en aquella ocasión se trajo consigo al multifacético Alexis Romay para colaborar en la creación de las letras de algunas de las canciones de “Cecilio”. Alexis, que escribe en rima y en prosa tanto en Español como en el idioma de Humphrey Bogart, lo mismo cuenta historias para niños, que toca la guitarra, baila “Casino” o juega un ajedrez de campeonato. El título de su nuevo libro “La Apertura Cubana” está inspirado en el juego ciencia, aunque va mucho más allá de eso.
 
–“Yo nací en Cuba, pero ese país no existe”–, le dijo amargamente a un periodista poco antes de morir  Guillermo Álvarez Guedes, el más emblemático de los comediantes cubanos junto a Leopoldo Fernández “Trepatines”. Y es que en opinión de más de uno, el exilio y el aislamiento han hecho que las distintas generaciones de hombres y mujeres nacidos en esa desdichada Isla nuestra se parezcan cada vez menos y cada vez tengan menos en común.
 
Por solo poner un ejemplo de estas enormes diferencias, hace unos días miraba un Youtube donde cuatro jovencitos negros, en pleno parque central de La Habana gritaban consignas y portaban rústicos cartelones hechos de cajas de cartón. Los transeúntes pasaban de prisa, como huyendo de ellos, y entre los gritos de los poquísimos que protestaban, se oyó la voz de un miserable chivato que preguntaba: ¿Y donde está la policía?… En tiempos de la dictadura anterior, cuando alguien sacaba un cartel y gritaba consignas contra Batista, los transeúntes que pasaban por el lugar hubieran gritado: ¡Corran, que viene la policía!!!…
 
No sé, pero quizás por esas mismas razones o hasta para evitar el estereotipo y el “encasillamiento étnico” será que algunos de nuestros artistas y escritores jóvenes evitan el tema netamente cubano, como es el caso de Osdany Morales, cuya más reciente producción novelística, “Papyrus”, nos cuenta las peripecias de un narrador que hace un recorrido por Las Siete Bibliotecas del Mundo, (creo que ninguna en Cuba), dejando un libro en cada una de ellas.
 
Por último, la flor con nombre de fábula que adorna nuestra velada literaria, escribió un libro intrigante  y atrevido con el sugestivo título de “Mujerongas” (¡me encanta ese título!). Esta noche, Grettel J. Singer, que salió de la tierra de la siguaraya hacia Caracas a la tierna edad de 11 años, y más tarde– como pa’ variar– se fue a Miami, nos ofrece hoy su novísima creación “Tempestades Solares”. Y como se dice que los últimos serán los primeros y las damas también van primero, pues primero que todo le pediremos a Grettel que nos hable de su experiencia como escritora fuera del terruño.  De modo que adelante Grettel, que Hansel (y hasta Raúl) te escuchan. Nosotros también.
 
 
Paquito D’Rivera
Marzo 18-2014

El último rostro de Chávez

En una Venezuela donde la palabra objetividad se ha ido diluyendo hasta desaparecer detrás de odios, rabias e intolerancias que han destruido amistades y familias, el libro de Albinson Linares “El último rostro de Chávez” asume un valor muy especial.

Con un trabajo periodístico acucioso y serio, sin dejarse llevar por sus propios sentimientos, imposibles de descifrar a través de las páginas de su libro, Linares nos muestra las múltiples facetas del mito Chávez que han logrado sobrevivir a su muerte.

La personalidad de una figura tan controversial surge de los recuerdos de amigos, docentes, militares, familiares que lo conocieron en las distintas etapas de su vida. Vamos ahondando en sus sueños, descubrimos su terquedad, su innato liderazgo y su ambición desmedida. La autoestima sin fisuras y la convicción absoluta de ser poseedor de la verdad, le han permitido salir adelante aún en las situaciones más difíciles y arrastrar detrás suyo a un pueblo hechizado.

“Hugo Chávez emerge en el correlato colectivo venezolano como un trasunto de la Scherezade oriental que encantaba con larguísimos relatos a ese rey impaciente que muchas veces puede ser el pueblo.” Escribe Linares quien entrevista a analistas, sociólogos, historiadores de distintas ideas políticas, para ir construyendo la “verdadera historia” de un Presidente que ha logrado transformarse en un mito. Como dice la estudiosa Márgaret López Maya, Chávez ejerció una dominación carismática que se basa en la creación de vínculos de tipo emocional. “A la gente no le importa que se viole la ley, no le importa que las reglas del juego no estén claras, ni les interesa la corrupción… pueden pasar trabajo y seguir votando.” Esa fue la gran fuerza de Hugo Chávez y sobre esa herencia siguen apoyándose el Presidente Maduro y el equipo actual de gobierno. Pero ese líder carismático también es odiado con igual fuerza por la otra mitad del país. Odios y amores tan intensos que resulta casi imposible buscar un punto intermedio en un clima tan conflictivo.

Las protestas estudiantiles tratan de ser una respuesta racional a la irracionalidad del mito. Los problemas que motivan esas movilizaciones son problemas que afligen a todos por igual. Y sin embargo no logran crear fisuras evidentes en el amor absoluto que aún rodea al líder venezolano.  

El trabajo de Linares nos permite reflexionar sobre las razones profundas que han permitido que Chávez se transformara en un dios para una parte importante de la población y en el diablo para la otra.

Quizá, como dice el autor, muchos venezolanos tengamos más en común con Hugo Chávez de lo que nos gusta admitir. Entender eso ayudaría a justificar amores y odios, pero sobre todo nos permitiría evitar, en el futuro, que nuestras vidas queden en las manos de un solo hombre, por más carismático que sea.

 

 

Ovnibus por Salvador Fleján

Te invitamos a leer el cuento Ovnibus de nuestro autor Salvador Feján y el cual forma parte de su libro Intriga en el Car Wash. Para leerlo has click acá: http://sub-urbano.com/ovnibus/

¡Guerra contra Amazon!

Más de 800 autores firman carta de apoyo a Hatchette

 

A continuación la carta en inglés:

 

A Letter to Our Readers:

 

 

Amazon is involved in a commercial dispute with the book publisher Hachette , which owns Little, Brown, Grand Central Publishing, and other familiar imprints. These sorts of disputes happen all the time between companies and they are usually resolved in a corporate back room.

But in this case, Amazon has done something unusual. It has directly targeted Hachette’s authors in an effort to force their publisher to agree to its terms.

For the past several months, Amazon has been:

Boycotting Hachette authors, by refusing to accept pre-orders on Hachette authors’ books and eBooks, claiming they are “unavailable.”

Refusing to discount the prices of many of Hachette authors’ books.

Slowing the delivery of thousands of Hachette authors’ books to Amazon customers, indicating that delivery will take as long as several weeks on most titles.

–Suggesting on some Hachette authors’ pages that readers might prefer a book from a non-Hachette author instead.

As writers–most of us not published by Hachette–we feel strongly that no bookseller should block the sale of books or otherwise prevent or discourage customers from ordering or receiving the books they want. It is not right for Amazon to single out a group of authors, who are not involved in the dispute, for selective retaliation. Moreover, by inconveniencing and misleading its own customers with unfair pricing and delayed delivery, Amazon is contradicting its own written promise to be “Earth’s most customer-centric company.

Many of us have supported Amazon since it was a struggling start-up. Our books launched Amazon on the road to selling everything and becoming one of the world’s largest corporations. We have made Amazon many millions of dollars and over the years have contributed so much, free of charge, to the company by way of cooperation, joint promotions, reviews and blogs. This is no way to treat a business partner. Nor is it the right way to treat your friends. Without taking sides on the contractual dispute between Hachette and Amazon, we encourage Amazon in the strongest possible terms to stop harming the livelihood of the authors on whom it has built its business. None of us, neither readers nor authors, benefit when books are taken hostage. (We’re not alone in our plea: the opinion pages of both the New York Times and the Wall Street Journal, which rarely agree on anything, have roundly condemned Amazon’s corporate behavior.)

We call on Amazon to resolve its dispute with Hachette without further hurting authors and without blocking or otherwise delaying the sale of books to its customers.

We respectfully ask you, our loyal readers, to email Jeff Bezos, CEO and founder of Amazon, at jeff@amazon.com, and tell him what you think. He says he genuinely welcomes hearing from his customers and claims to read all emails at that account. We hope that, writers and readers together, we will be able to change his mind.

Sincerely,

 
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  • Rachael Acks
  • William M. Adler
  • Elisa Albert
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  • Sherman Alexie
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  • Jonathan Ames
  • Laurie Halse Anderson
  • Roger Angle
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  • Anne Applebaum
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  • Rilla Askew
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Entrevista en Dialogo Abierto

Te invitamos a ver la entrevista de nuestro Asdrúbal Hernández junto a Javier Gómez @JavierEGomez1 en el programa Dialogo Abierto de @BronxnetTV canal 69. 

http://www.bronxnet.org/tv/dialogo/viewvideo/4454/qdialogo-abiertoq/dialogo-abierto–aug-6-2014

 

Roncone y su cuenta regresiva

Hubo un tiempo, por allá en los años sesentas, en que las mejores inteligencias literarias de América Latina querían diseccionar su mundo para inventar uno nuevo. Las historias eran totales y complejas y las anécdotas se apoderaban de mentes virtuosas y perversas, ricas y pobres, dominantes y oprimidas. Esa generación de escritores pasó a la historia por medio de una onomatopeya oclusiva, boom, que sugería que, después de un buen golpe de frustración social, la inequidad y la exclusión debían enlazar con un desenlace cercano a la igualdad y a la justicia. La literatura era para ellos un compromiso atlético que no escatimaba en personajes, en entradas y salidas, en intercalación de diálogos y voces, en superposición de planos narrativos, en estructuras de columnas y vasos comunicantes cuyo propósito era mostrar que la realidad que el lector asumía como natural en realidad no lo era. «Todo lo que vives es un montaje en el que se verifica que el hombre es un lobo para el hombre, una tramoya de arrogancias y prejuicios, de caminos abiertos para pocos y tapiados para la mayoría», parecían decir estos escritores que, por ambiciosos, cosecharon dos premios Nobel, dejaron en miles de páginas sus mejores entusiasmos y también la prueba viva de sus más profundos desencantos.

Muchos se distrajeron de sus idealismos de izquierda; quienes los conservaron hasta el final, los vivieron con el desprendimiento de una celebridad que siempre resultó imponderable tanto para comencandelas revolucionarios como para conservadores encopetados. Lo que se llama vivir más allá del bien y del mal, un rascacielos rodeado por la pequeñez de seres humanos abrumados por las pretensiones de sus élites, arrinconados por sus emociones, sus ínfimos placeres y sus ínfimos dolores.

Concluido el ciclo del boom, la vida latinoamericana siguió su curso dentro de la inercia de su inequidad. El súper-yo del escritor «macho» identificado por el Cortázar de Rayuela se desmenuzó en voces modestas e intimistas replegadas en historias ubicadas en el país de una subjetividad que gravitaba en la ciudad, un lugar que, más que ser prueba de razón y lucidez, era el escenario del aturdimiento. Seres distraídos de su propia historia, arrastrados por procesos incomprendidos, por la vida al margen o por el compromiso forzoso ante la mecánica ubicua de la economía de mercado. Gente que zozobraba o flotaba, con más o menos suerte, cuya faceta más lírica era producto de su falta de proyecto y de voluntad.

Y pensar que los esfuerzos titánicos del boom se iban a tropezar con esto.

A ese país de alienados pertenecen plumas que, después, se consagraron como nombres ineludibles o como nuevos monstruos inalcanzables: la misantropía de Vallejo, el intelectualismo cosmopolita de Volpi, el fuego metafórico de Piglia, la épica excursión hacia cualquier parte de Bolaño…

Juan Pablo Roncone nació en Arica, Chile, en 1982, se formó como abogado en Santiago y llegó a la literatura arrastrado por esta última marea. La resaca lo acerca a su coterráneo, Alberto Fuguet, cuyo talento traspasó una frivolidad masmediática y de clase media que se encogía de hombros ante los mundos inconmensurables de los escritores venerables de generaciones anteriores. En el caso de la literatura de Roncone, lo que seduce, justamente, es su aparente falta de pretensiones: de parecer ocurrente, de parecer al tanto, de administrar el tedio y la sorpresa con técnica de contorsionista literario. La prosa de su celebrado libro de relatos, Hermano ciervo (Premio Municipal de Literatura de Santiago de Chile, que se añade al Premio a la Creación Literaria Joven Roberto Bolaño por su novela inédita Los días finales) es, sí, minimalista, telegráfica, pero no afilada ni rotunda. Allí donde el Raymond Carver obsesionado con la forma de Chejov (o el editor Gordon Lish, con ganas de fundar un nuevo segmento literario) quería ser terminante y cruel, Roncone es tímido, fatalista, presa de una larga melancolía que, más que querer descargar su rabia sobre el lector, le recomienda decantarse por la filosofía del Mr. Vertigo de Paul Auster: desvanecerse hasta desaparecer.

Hermano ciervo es el ejercicio literario de un alma nutrida por la cultura global e inspirada por la bruma y el salitre del litoral chileno: su banda sonora alterna los repertorios Jimi Hendrix , The Pixies, Sonic Youth, Joy Division, que, explícita o implícitamente, cubren las 123 páginas del volumen. Si alguien me pidiera una analogía musical para describir sus cuentos, diría que todos discurren en baja frecuencia, suspendidos en esa quieta desesperación a la que aludiera el Roger Waters de El lado oscuro de la luna y en cadencia de acordes menores renuentes a dejar pasar la luz al final de túnel.

Los cuentos tienen los pies muy bien puestos sobre sus arenas movedizas: un chico virgen, sin desesperación por dejar de serlo, que  tiene sexo con la novia de su mejor amigo en el baño de una cabaña durante unas vacaciones. De regreso a casa en auto, el grupo arrolla y mata al único canguro sobreviviente del accidente sufrido por un avión de carga que transportaba cinco de estos animales; un joven que se inventa la historia de un hijo ahogado en una piscina sólo para participar en una sesión espiritista; un peluquero decidido a  vengarse de la persona que atropelló y mató a su hijo en un accidente de tránsito y que, llegado el momento de actuar, se corta en el abdomen con el cuchillo destinado a consumar la venganza; un muchacho abandonado por su padre, a punto de morir, quien un día se arma de valor para ir a verlo y se limita a intimar con su cuidadora y su hijo, a extrañarse de la conducta de los gansos que la mujer cría, mientras le da largas a un encuentro que nunca enfrenta y se lamenta de que su novia esté embarazada; un estudiante de leyes que una noche, borracho, pierde el control de un auto, tiene un accidente en el que fallece un amigo, manipula la escena del siniestro para que la policía no lo culpe y, más tarde, para aliviar sus remordimientos, visita a la madre del finado; dos amigos que, armados de una escopeta, emprenden un viaje a una casa de campo en la que, antes de suicidarse, el padre de uno de ellos se dedicaba a cazar patos; el chico que reconoce en la morgue el cuerpo de su hermano, homosexual y ausente, a quien compara con la figura enigmática de un ciervo herido; y el padre de una niña apenas fallecida, quien, luego de perder  también a su primera esposa y sin trabajo, se encomienda a la voluntad de su próxima pareja, se inventa una vida de escritor y, en una playa, conversa con un médico solo y alcoholizado, quizás más hundido que él.

Este último es tal vez el único consuelo que ofrece Hermano ciervo. Porque, como después de escuchar una canción del disco Pornography de The Cure, los ánimos nunca salen boyantes tras la lectura de uno de estos relatos. Sus seres están rotos o, en el mejor de los casos, seriamente desportillados, aunque todos se rehúsen a asumir la realidad de su quiebre. La prosa de Roncone –breve, diáfana, descriptiva, desnuda de digresiones- se despliega en enumeraciones que suelen perder altura según la trayectoria emocional de sus personajes: todos en barrena, una precipitación para la que el autor ha inventado un lenguaje que va de poco a casi nada, una expresión para restituir las fases del vacío.

 

Sin ánimos de ser exhaustivo, las historias pueden presentarse en fases fragmentarias y contrastantes:

 

«17. No soy coqueta, me dijo una vez Amparo en su apartamento.

18. Acelero. Casi no hay autos, y tanto a la derecha como a la izquierda de la carretera las ramas de los árboles parecen estáticas e irreales, consumiéndose bajo el sol abrasador. Bebo cerveza y cada cierto tiempo le veo las piernas a Amparo. Este vestidito rosado es lindo.

19. Sí lo eres, le dije, eres muy coqueta. No, dijo ella, y apoyó los pies desnudos sobre el televisor. Coqueta es la mina que coquetea. Yo no. Yo no hago esfuerzos por ser así. Yo soy así porque sí».

 

En adelantos de momentos culminantes a los que se resta toda consecuencia:

 

«Cerca de una esquina un perro ladró al viento.

Dentro del auto: olor a vómito y cerveza.

Mi peluquero estacionó frente a la casa y bajó.

Lo vi caminar por la vereda hasta llegar a la reja que protegía el jardín.

Distinguí la forma del cuchillo dentro del bolsillo de su pantalón.

La casa era pequeña; las luces estaban apagadas.

El viento silbó entre los árboles».

 

En relámpagos reflexivos sobre las motivaciones de la literatura:

«Cuando conocí a Raimundo en la universidad no me obsesionaban las historias como ahora. Las historias y las génesis de las historias, que suelen ser las mentiras».

En reportes de la tragedia familiar con ojo de experto forense:

«Horas después de la autopsia decidimos vestirlo. Los asistentes de la funeraria nos habían dicho que podían hacerlo ellos o nosotros: «Los parientes eligen».

Recorrimos un pasillo frío y vacío. El olor a cera era fuertísimo. Nunca había estado en la morgue. El auxiliar paramédico abrió la puerta. Felipe fue el primero en entrar. Mamá llevaba la ropa dentro de una bolsa. Ésta era su tienda favorita, dijo apenas, minutos antes de llegar. Ella no había visto el cadáver. Felipe y el auxiliar intentaron doblarlo. Mamá sacó la camisa, los pantalones y una chaqueta. Fue la primera vez que la vi llorar por Antonio».

O en desenlaces que operan como una atomización de vidas desde hace tiempo desmoronadas en la parálisis de un dolor transformado en resignación y en tiempo perdido.

«Me senté en uno de los últimos asientos. Pegué la cabeza al vidrio húmedo de la ventana. Observé las calles y el tráfico: aún había movimiento en la ciudad. El centro no dormía.

Vi las personas ir y venir, y en las caras de todos ellos me pareció haber visto algo de mi hermano: una mirada, una expresión, un gesto de alguien que no supe conocer».

No lo niego, tanto Tánatos puede estragar y aturdir. Pero asombra el autocontrol de Roncone para describir su cuenta regresiva sin distraerse de ningún momento, de ningún decorado, de ningún gesto lánguido o tenue de frustración. Ese pulso me recuerda el lema de la película de 1995 del director francés Matthieu Kassovitz, El odio: «Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje». En sentido inverso, Roncone parece haberse dado a la tarea de mirar boca arriba desde la superficie para comprender el proceso involuntario que lleva a sus personajes a una fractura que, en todos los casos, es irreversible: palabras que se precipitan a tierra al ritmo de un conteo de seguridad, una constelación de astillas dispersas en puntos suspensivos.

Hermano ciervo es una colección de golpes fatales: de choques en carro, de cosas fuera de lugar, de suicidios, de padres que abandonan a sus hijos, de engaños de hombres y mujeres jóvenes que comienzan a familiarizarse con los riegos de la pasión y el amor, de borracheras sin control, de música y ánimos brumosos, todos sin brújula. Sin embargo, es un libro armado por un escritor consciente de su sensibilidad y de su estilo, un autor de palabra traslúcida que, con frecuencia, toma la precaución de poner a sus personajes cerca del agua: esa costa pacífica chilena que erosiona y ahoga las almas débiles y que pule la memoria y el corazón de quienes se atrevan a patalear contra la corriente con la esperanza de flotar para aferrarse a la vida.

 

Leopoldo Tablante (Caracas, 1970)Periodista, profeso y escritor universitario. Ha publicado los libros A todo riesgo (2004), Mujerese de armas temer (2005),  Los sabores de la salsa (2005), Groovy (2007), y Hijos de su casa (2009). Actualmente vive en New Orleans, donde es profesor de Loyola University New Orleans.

 

El laberinto crónico de La Habana

La Habana en una húmeda noche decembrina de 2012, se me antojaba indescifrable. Llevaba varios días tras la pista de cualquier persona que hubiese estado cerca de Hugo Chávez, el enfermo más célebre de toda la isla, pero solo conseguía fantasmas. Así las cosas decidí refugiarme en el margen, buscar a los habitantes deslucidos y genuinos del lado oscuro habanero, así conseguí a Gorki Águila y su combo punk de “Porno Para Ricardo” quienes habían ensayado toda la mañana canciones suicidas como: “Raúl, Raúl, tira los tanques. Raúl, Raúl, para que el pueblo se levante”.

 

No fue difícil toparme con ellos, la movida punk es diminuta y un amigo asturiano de Rockdelux me dio un par de teléfonos la noche anterior cuando una enfermera del Cimeq me confesó off the record que todo lo que hablábamos probablemente estaba siendo grabado y me sumió en una breve crisis de desesperanza.

 

A la mañana siguiente llamé y dos horas después, estaba con un six pack de Bucanero oyendo como resonaban los coros sincopados de un tema que le espeta a Fidel: “El Comandante quiere que yo trabaje pagándome un salario miserable (…); quiere que yo lo aplauda después de escuchar su mierda delirante. No coma tanta pinga, Comandante”.

 

En la tarde escandalizaron la inauguración de una exposición fotográfica en El Vedado adonde los invité. Cuando fuimos convertidos en personas “non gratas”, nos fugamos a un bar caro, carísimo para beber ron y escuchar los shows de turistas.

Gorki confiesa: “Sabes qué pasa en esta isla”, digo que no. Me dice: “Que no hay espacios para los tipos genuinos, tú no eres como todos esos comemieldas de Casa de América, los hijos de ministros que escriben cualquier porquería por unas fulas y ya o que amenazan a la gente para que les cuenten sus historias”. Le dije que me halagaba un montón, pero igual me veía cerca del fracaso ante una crónica que no terminaba de arrancar.

Al rato, en la madrugada y frente a la oscuridad abisal del malecón habanero, antes de dejarlo cazando jineteras descuidadas me dijo a guisa de despedida: “Hay que cuidar a los tipos como tú, a los valientes, los que no se callan. Tipos como yo que componemos, escribimos, escuchamos a los otros para que el mundo sepa lo que pasa aquí” y lo vi perderse en el lado salvaje de la vida. Yo amanecí en el este, en Alamar, luego de escuchar algunos de los mejores jams de punk y hip-hop que he presenciado. Pero eso ya es otra historia.

Me desperté lleno de ganas de buscar las voces que nadie escucha, oír el rumor del margen, los testimonios de gente que sí quería a Chávez y de otras personas que lo adversaban pero que no estaban insertas en los oscuros círculos del poder habanero. A inicios de 2013 publiqué varias historias en el diario y, semanas después, un libro que recogía el puzzle endemoniado de dos países, Cuba y Venezuela, sumidos en la tensión de una agonía personal cuyas repercusiones nacionales aún se sienten.

 

II

 

Cuenta la antigua tradición iraní que el joven Arda Viraf fue escogido para visitar la gloria paradisiaca, el infierno candente y los purgatorios posibles. En uno de los antiquísimos cantos de sus aventuras llega, luego de una travesía larga y fatigosa, a una suerte de limbo donde la nada se cristalizaba en una quietud inmóvil.

Era un no-lugar donde la vida transcurre sin esperanzas pero sin dolor, sin pasiones y sin interés alguno, pero sus habitantes le decían a Viraf que era mejor estar allí que en los rigores del infierno o los exquisitos placeres del Paraíso ignoto. Nuestro joven Arda, esa especie de Virgilio oriental, se fugó corriendo de ese reino al inferir que era una de las mil presentaciones del hogar de los condenados.

En la isla de Cuba los años noventa fueron la viva representación de ese  no-lugar en el que sueños, pasiones, ideales y vidas se estrellaron contra el pragmatismo férreo de un naufragio económico. Poco importaba la “perestroika” de Yeltsin que acabó con la economía planificada más grande del mundo y, de paso, siquitrilló a la Unión Soviética sino lo que fulminó amplios sectores de las finanzas cubanas fue la evaporación de cinco mil millones de rublos anuales (más ayuda militar) en cuestión de días.

Eso generó en La Habana (y en Cienfuegos, y en Santiago, y en Holguín etc. etc.) un ambiente irreal donde el tiempo parecía detenido mientras el hambre atizó las infinitas formas de la decadencia cuya triste comparsa son las jineteras y los pájaros que deambulan por el malecón al ocultarse el sol. Fueron los tiempos del camello (gandola/autobús/motorizada) y las balsas donde miles de cubanos se debatían entre sudar una vida con pocas esperanzas pero, según los medios oficiales, con gran dignidad revolucionaria o ser devorados alegremente por los tiburones.

Fue la época en que Orlando Luis Pardo Lazo decidió ceder a sus inquietudes científicas y estudiar, en una tierra donde no habían proteínas animales y muchas veces nada físico que llevarse a la boca, Bioquímica. Entregado a la especulación científica en una sociedad marcada por la carencia me parece verlo transmutarse en números y hojas, en pizarras oscuras con signos de cal donde el ideal platónico de vivir con el espíritu entre los dientes para deglutir mejor las ideas, era alcanzado gracias al ayuno obligante.

Para Orlando la iluminación científica estaba más cerca de los faquires sangrantes que del bonachón Epicuro de Samos. Sé que caminaba kilómetros para llegar hasta la facultad, atravesaba la ciudad durante horas cual montaraz isleño viendo a los otros alumnos encerrados en los camellos cual ataúdes móviles, sólo para enmacetarse frente a los científicos en esas aulas calcinantes de la Universidad de La Habana.

Poco a poco sus intereses se alejaron del estudio de la Tabla Periódica con sus elementos, átomos, cálculos, órganos, corpúsculos, glándulas, sustancias, minerales, virus, atanores, ácidos, bases, pipetas, matraces y mecheros para fundirse en el crisol del discurso literario, la blogósfera, fotografía y el videoarte que se convertirían en las disciplinas permanentes de su oficio vital.

Todo esto lo sé porque me lo contó de viva voz hace unos meses, cuando nos hicimos amigos y exploramos juntos esa cubanidad terrestre que tiene la rara geopolítica tropical de una ciudad como la capital cubana.

Orlando fue mi Arda Viraf y yo me convertí por esos días de diciembre de 2012 en un confesor fraterno que se dejó guiar por el inframundo habanero, conociendo un trópico resistente donde la disidencia se paga caro, y la diversidad de opiniones entraña largas estancias en “el tanque” como llaman a las prisiones.

Recuerdo que una mañana cualquiera me encontré con Orlando y deambulamos por la calle México de Guanabo, yendo a ver a Pedro Juan Gutiérrez. De repente me espetó: “Somos pocos pero estamos cambiando. Hoy aquí, mañana no sabemos pero hay que seguir en esto”. Y entendí que se refería a múltiples cosas: a la resistencia contra los Castro, a su vida como blogger y escritor cubano, y a un romance que lo inquietaba por esos días.

 

Enamorado de una mujer difícil, imposible; Orlando paladeaba el aire mientras me la describía. Demiurgo del lenguaje, el escritor dibujaba a su amada mientras el sol metálico nos derretía las neuronas y no encontrábamos la casa de Pedro Juan. Enceguecido por esa fiebre de sol, ese cafard caribe comprendí que se refería a Ipatria y que en un juego vital metalingüístico terminé metido en la historia de Orlando, siendo uno de sus personajes desesperados y analíticos.

 

Después de ver al chulo mayor, al Minotauro narrativo de Centro Habana que es Pedro Juan, caminamos largo rato por Miramar. Íbamos a visitar a otro amigo dueño de una terraza envidiable desde donde el océano es un lienzo de brillo aguamarina. En las terrazas de Miramar no se ve la mar, se respira y nos inunda oreándonos frente al horizonte vasto, mineral.

 

Allí me entregó un ejemplar de Boring Home, varios de sus videos y las maravillosas fotografías de La Habana que son una muestra de su sensibilidad única, tentacular que le permite forjar ficciones y fijar realidades con sólo cliquear un obturador o el mouse de la computadora. Fueron las imágenes que me inspiraron este libro de crónicas y el profundo cariño por las calles habaneras que nunca conocí mejor.

 

Sé que por estos días ese Arda Viraf, greñudo y barbado, que es Orlando está fuera de su purgatorio habitual en La Habana. Está suelto por el mundo, ahora en Estados Unidos, mañana no sabremos donde, explorando y escribiendo nuevos infiernos, paraísos improbables y purgatorios portátiles.

 

 

III

 

Hacer crónicas, reportajes de investigación y semblanzas son las únicas líneas de trabajo que me interesan desde hace varios años. No concibo este oficio sin esos géneros puesto que detesté el periodismo informativo cada año de clase que tuve en la facultad de mi pequeña universidad. Escribo estas historias porque en los descuidos de mis profesores, obsesionados en aburrirnos, descubrí a Truman Capote, Norman Mailer, Tom Wolfe, Jimmy Breslin, Gay Talese, Hunter Thompson, Gabriel García Márquez, Germán Castro Caicedo, Germán Carías, Ben Amí Fihman, José Roberto Duque, Sergio Dahbar, Daniel Santoro, Julio Villanueva Chang, Jon Lee Anderson, Oriana Fallaci, Ryszard Kapucinski, Gore Vidal y tantos otros maestros.

Creo que la entrevista debe ser el más arriesgado de los géneros periodísticos por su azar experiencial que resiste las metáforas más locas. He tenido entrevistas que son un acto de seducción constante y las he tenido que recuerdan al pánico frente al pelotón de fusilamiento. Una gran entrevista pasa del placer a la tensión espinosa, constantemente, cosa que el lector agradecerá al leerla.

Y el reportaje combina todas las técnicas periodísticas que conocemos con el fin de mostrarle al lector el reflejo de una problemática, describir una situación o comprobar una hipótesis. Hacer un buen reportaje requiere de maestría y dominio en la técnica, suele ser fruto de un esfuerzo colectivo entre periodistas y editores por lo que conlleva grandes dosis de humildad y, sobre todo, ubica al reportero en un lugar único: partir de la certeza de que los periodistas no sabemos nada, condición imprescindible para intentar comprenderlo todo y así ofrecérselo a nuestros lectores. Sin buenas entrevistas es imposible hacer un reportaje.

Me divierte hacer inmersiones y leer como un condenado cuando trabajo con mis entrevistados y personajes, intento rastrear esas historias pequeñas que contienen verdades universales. Aunque suene trasnochado y cursi, sí pienso que un buen reportaje, una denuncia o una crónica pueden ayudar a cambiar  la situación en nuestros países. Sobre todo cuando se enfrentan presiones desde diversos frentes para acallar informaciones o desviar la atención mediática, como es moneda común en nuestros países.

También creo que éste no es un oficio para cínicos y estoy convencido de que el periodismo es la más bella de las empresas inútiles por ello no cejo en mi empeño por seguir formándome para continuar con la apuesta más alta que es ponerme en el lugar del otro, en cada entrega.

Todo eso lo recordé en La Habana hace varios meses cuando intenté descifrar sus calles como ese laberinto crónico que son, repletas de historias y personajes. Y todo eso es parte de lo que quiero que los lectores encuentren en “El último rostro de Chávez”, cuando lo lean.

 

Albinson LInares (San Critobal, Venezuela – 1981) Autor del libro El último rostro de Chávez (Sudaquia Editores 2014). Leer más sobre Albinson

 

De Camagüey a New Hampshire

Durante mi vida de casada pasaba los veranos en New Hampshire, a la altura del lago Winnipesaukee, en un bosque a dos horas y media de la ciudad de Boston. Cada vez que se me presentaba la oportunidad de escapar de Miami durante el mes de julio, lo hacía sin mirar atrás con tal de permanecer lo menos posible dentro del infierno en esos meses de sauna obligatoria al aire libre. Ya los últimos días antes de partir me parecía que no iba a poder resistir el vapor y el solazo que castiga a la ciudad y sus habitantes durante esta época. Luego me iba lejos y esos días nublados y lluviosos, de vientos huracanados me obligaban a extrañar, como de costumbre, aquel sol que había dejado con descomedida ingratitud.

Allí la vida acontece con la misma timidez con que crecen los pinos que cubren gran parte del paisaje. Los días se desplazan de un modo suave y se apodera de mí una tranquilidad especial, con rachas recurrentes de estados placenteros, casi felices. Pero los placeres los fui descubriendo a buchitos y más bien en los últimos años. El frío húmedo, el agua dulce y la mera posibilidad de la presencia de un oso negro y hambriento cuando menos me lo imagino, no es precisamente mi idea de unas vacaciones de verano.

La casa, que es una especie de cabaña y ya cumplió los cien años, está situada justo frente al lago, en una comunidad de más o menos diez casas que han pertenecido a las mismas diez familias por más de ochenta años. El patio de la casa es un bosque que sólo en libros imaginé posible, y no me habría sorprendido toparme con algún duende refunfuñón recogiendo semillas por los senderos en los cuales paseo a menudo.

En mis paseso, tomo fotos a los diversos tipos de hongos que crecen alrededor de la casa y no miento si digo que he descubierto por lo menos veinticinco y hasta encontré, lo que para mí parecía increíble, una familia con el sombrero rojo y ampollas en blanco como sacados de un cuento de hadas. En agosto el bosque se inunda de muchísimas otras variedades. Aprendí a querer ese lugar y esa casa modesta, anticuada e incómoda que fue primero de la familia de los abuelos del padre de mis hijas, ahora de su madre, en un futuro cercano será suya y más delante pasará a nuestras hijas. Esa ha sido la intención del proyecto, construir una pequeña comunidad que conecte las generaciones de varias familias de manera indefinida por los siglos de los siglos. Es un plan ambicioso, pero debo reconocer que me habría gustado tener un tatarabuelo con ideas igual de fijas con respecto a la trayectoria de una familia.

Me siento incapaz de creer en ese tipo de empresas, me cuesta imaginar esa tradición familiar que en mi pueblo ya se ha perdido por completo. Allí domina la urgencia cotidiana de subsistir de la manera más básica y se están perdiendo los valores más básicos de una familia y sus antepasados. No siempre fue así, cuando yo era una niña recuerdo que también me movía en una tradición parecida y durante una parte del verano nos mudábamos al campo, a la casa de mis bisabuelos que quedaba en Punta San Juan, Camagüey. Allí mi bisabuelo era el administrador de una granja y había elegido un caballo que durante mi estadía era mi caballo, y durante el año escolar le escribía al animal cartas prometiéndole nuevas aventuras para nuestro próximo encuentro, cartas que mi bisabuelo le leía y luego me contestaba religiosamente.

En ese lugar mágico corríamos en el campo, jugábamos con los cochinos, apabullábamos a las gallinas y a los conejos, ordeñábamos las vacas, torturábamos ranas, bueno, yo sólo espiaba resignada entre las rendijas de los dedos de mis manos. Cuando llegaba el gran día de asar el puerco o desnucar una gallina, todos nos levantábamos a las cinco de la mañana para la gran hazaña que nos aguardaba. Mi bisabuela, que era el retrato de un ángel, hacía en su cocina almidón de yuca rallada para planchar. También hacía el pan, la mantequilla, el queso, crema, las comidas y los postres más deliciosos que he probado. Cuidaba de su jardín, las hortalizas del huerto, las flores. Se desenvolvía de manera ágil entrte múltiples tipos de puntos de tejidos, horneaba, le daba de comer a los animales. Sus labores no conocían fin, y los meses del año que pasaba en La Habana, se quejaba constantemente de no poder atenderlos.

Íbamos a caballo al pueblo más cercano, Punta Alegre, a buscar los mandados o a hacer alguna visita, pues éramos de la gran ciudad y de cierta forma los vecinos de mis parientes se maravillaban al vernos como si fuéramos extranjeros o seres del más allá, como mismo se maravillaba la gente de New Hampshire al conocer por primera vez una cubana (me consideraban una mujer exótica, de mentira, y esperaban de mí algún arrebato de cha cha chá cada vez que me movía de un lugar a otro).

Recuerdo con inmensa dicha esas semanas de mi infancia que hacíamos la gran travesía para llegar a la casa de mis bisabuelos. Guaguas, más guaguas, trenes, carricoches, mareos, vómitos y una incomodidad incomparable con lo que suele ser el viaje a la casa del lago. Luego mis bisabuelos venían a pasar el resto del verano en nuestra casa en La Habana, cerca del mar, y mi bisabuela nos contaba anécdotas de su alocada juventud y nos mimaba con sus cariños, y esos riquísimos merenguitos, raspaduras y melcochas, mientras se quejaba de los dolores de la artritis durante aquellas tardes calientes de agosto. Mi bisabuelo, en cambio, contaba los días para regresar a su casa y a sus costumbres. Todo eso se ha perdido: los caballos, los puercos, la leche, la crema, las casitas de campo, mis bisabuelos… Las familias cubanas están regadas por el mundo, y esas casas de verano se encuentran en New Hampshire y en otros lugares muy lejos de nuestra tierra. Y ahora mis olores son los de las mantas de lana, la leña que arde en las chimeneas, bolas engavetadas de naftalina, perros calientes y mazorcas de maíz a la barbacoa, en vez de el olor de los cañaverales, el melao de los centrales azucareros vecinos, la hierba fresca, los excrementos de los corrales y establos, las especias y los chicharrones de puerco.

Al amparo de la nocturnidad, en vez de una guitarra guajira nos acompañada un ukulele, o como le diría mi hija menor cuando era más pequeña, yucalady. No puedo menos que pensar en tantas noches que pasé en aquel otro campo camagüeyano, y que ahora no puedo ofrecerles a mis hijas porque gran parte de los hechos, los elementos y los lugares que tejen mi tradición se han perdido de manera irrecuperable, convertidos en melancólicos testimonios que tal vez ya no podrán pasar de generación en generación.

Grettel J. Singer (La Habana, 1973). Autora de la novela Tempestades solares  (Sudaquia Editores –  2014). Leer más sobre Grettel.